—¿Pero no te acabo de decir que les hacía trabajar en mi provecho?—Contestó á Isio el ex-gobernadorcillo.
—Eso no pudo ser, porque el pedáneo directamente vigilaría por la asidua asistencia de los polistas.
—Bueno; pero ¿cree V. que el gobernadorcillo se atrevería á pedirme cuentas? ¿A mí, que por cualquier cosa sería capaz de meterle en un atolladero sin salida?…
Isio no pudo replicar.
Y el capitan pasado prosiguió, envanecido por su triunfo:
—Ya he dicho que Vds. todavía poca cantidad de morisqueta han consumido; mire mis canas; ¡cuántos años y cuánta experiencia representan! Es verdad que ésta la adquirí á costa de amargos desengaños y profundos disgustos. ¡Oh! con qué abundancia de lágrimas he regado el espinoso camino por donde he venido á la ancianidad. Acaso habría caido á la mitad de él, si no hubiera siempre tenido presente que todos, absolutamente todos los mortales, así ricos como pobres, la plebe y la nobleza, seguían y siguen la misma senda que yó. Nada, nada: necesita V. aún comer muchos plátanos para poder comprender los misterios de la vida; y ya te digo: me fué divinamente la cabecería; mire que la redención del servicio personal representa otro ingreso; y las quintas …
—Advierto á V. que me ofende con esos consejos.
—¿Y quién le ha dicho que sería capaz de seguirlos? Pero V. me ha suplicado que prosiguiera; y por considerar que ha venido a oir mis consejos, le dí los que mi pobre inteligencia y mis años me habían enseñado.
—Entonces si V. no puede darme otros, dispénseme la molestia y mil gracias por sus atenciones.
Le dijo Isio, y sin poder disimular su disgusto, se fué.