Y su viejo interlocutor, volviendo de conducirle á la escalera, se sentó en un sillon de bambú; cogió un paypay, también de caña, en forma de guión de iglesia; descubrió más el pecho, echó el cuerpo hácia el espaldar, levantó los piés, y abanicándose fuertemente, y á cada momento rascándose las espaldas, decía á sus solas:
—Isio es muy excelente persona; la enérgica dignidad con que rechazó mis consejos me ha gustado mucho, si bien la venerabilidad de mis años se ha humillado un poco ante las lecciones de ese imberbe. Venía el pobre á pedirme buenos consejos, y ¿á quién se le ocurriría, si no á este desdichado vejete, enseñarle peligrosos disparates?…
Después de rascarse los muslos y las pantorrillas; y abanicándose fuertemente, prosiguió:
—Pero ¿qué otra cosa podía aconsejarle? Tengo lástima de esos bienes que á fuerza de continuados esfuerzos ha vuelto á adquirir este buen mozo. Es verdad que para salvar los nuestros propios, no tenemos derecho para arruinar al prójimo. Pero ¡Demonio de chinches y de mosquitos! Y estos ¡¡sarpullidos!!
Y seguía rascándose con más furor, y abanicándose para refrescar su ardiente cuerpo.
Después añadió:
—Los escrúpulos … ¡cá! ¡Tonterías de la humanidad! Ya veremos, ya veremos á ese guapo, y á dónde le conducirá al fin su estrecha conciencia … No puede ser: con bien no ha de salir, á no ser él un Salomon … ¡Vaya un buen tipo de Salomon que tiene el inocente Isio!
III
Las dudas del capitan pasado no tardaron mucho en aclararse.