El primer año, Isio abonó á la Administración de Hacienda pública setenta pesos, á pesar de haber desatendido por completo sus tareas en el campo, para ver de colocar las cédulas y buscar en varios rincones de la provincia á los que se creían oficialmente que le pagaban religiosamente las contribuciones.
De modo que también perdió lo que debiera haber ganado en el campo, de no desempeñar cabecería alguna.
Y lo que gastó en los viajes que hizo en busca de sus kailianes, y los contínuos á la Administración.
Lo que á Isio sucedió en el primer año fué para él, no sé si desengaño, lección ó principio de desesperación.
Verdaderamente no es lo mismo perder lo que se ha ganado en el juego, que lo adquirido á costa de tantos sudores y de constancia, y es más doloroso perderlo, después de haber agotado todos los esfuerzos imaginables para salvarlo.
En seguida se acordó de los consejos del anciano capitan pasado; pero no tenía valor para seguirlos, para abusar de los pobres, quitándoles su escasa morisqueta, adquirida á costa de tantos trabajos, ya que su miseria no les permitía comer más que dos veces al día sin más manjares que la sal, alguna legumbre pasada en agua, ó poco bagon. Robar á esta clase de gente, sería casi casi como asesinato. Isio no podía; pero ¿quién le había de pagar lo que había abonado? Esta era la cuestión que le preocupaba mucho.
Y para olvidar un tanto su angustiosa situación, aprendió á tomar basi (vino ilocano que se extrae da la caña-dulce) y á emborracharse.
Excuso deciros que Isio, alucinado por la bebida, se acercaba al abismo de su perdición.
Olvidó por completo dedicarse á su antiguo negocio, y en sus borracheras solía exclamar:
—Ah, mientras viva, á lograr el tiempo; yo he de disfrutar de los frutos de mis afanes antes que otros.