Y como no se ocupó más en cobrar á sus tributantes, dejándolo todo al primogénito, (ayudante de cabeza de Barangay con cédula gratuita por este servicio), el déficit se duplicó el año siguiente, é Isio en vez de sentirlo más, casi no lo experimentó, á pesar de haber tenido que sufrir disgustos por buscar el dinero que necesitaba, pues sus antiguos sócios no le fiaron la cantidad que les había pedido, viendo que ya él había abandonado sus trabajos en el campo y que sus bienes estaban hipotecados á favor de la Hacienda pública.
Acaso lo más prudente para él hubiera sido que se declarase entonces en quiebra, es decir, manifestase claramente al gobernadorcillo que no tenía el dinero que necesitaba para saldar las cuentas de su cabecería, poniendo á disposición de la Hacienda pública sus verdaderos bienes, y aquella se encargaría de venderlos en pública subasta.
Pero por de pronto el gobernadorcillo le remitiría preso al Gobierno civil y entraría en la carcel y saldría á trabajos públicos, entretanto que se vendiesen en público subasta sus bienes.
Mis lectores no comprenderán, como yo, la razón de este procedimiento comun en provincias; y cuidado que no es porque las autoridades provinciales lo dispongan por arbitrariedad para evitar expedientes abrumadores, procurando que el cabeza siquiera por vergüenza, busque dinero fuera para salvar sus cuentas; no, no hay arbitrariedad, lo que debe haber es alguna disposición superior mal entendida, cuya equivocada aplicación haya sido sancionada por la rutina.
Varios Alcaldes mayores se veían obligados á meter en la cárcel á centenares de cabezas desfalcados, personas honradas, sin más delito que el de no haber podido abonar lo que no habían cobrado á sus tributarios ausentes.
Pero ni Isio, con toda su borrachera, tenía valor para entrar en la cárcel, ni podía consentir que así desapareciesen sus bienes honradamente adquiridos.
Y al fin, logró alucinar á un avaro principal, que le dió el dinero que necesitaba para saldar sus cuentas con la Administración, con el interés de veinte por ciento al mes, y todavía con derecho de quedarse, si al cabo de dos años, Isio no podía pagar su deuda, con todos sus bienes, hipotecados por segunda vez á favor del acreedor, que ignoraba que en caso de quiebra entraría antes á cobrar la Administración.
Pronto Isio fué asaltado por sérios temores, y con frecuencia murmuraba:
—Todavía habrá posibilidad de que yo salga con bien de mis compromisos con la Hacienda pública, pero de las garras del codicioso, ¡ninguna! Debo meditar formalmente lo que me convenga, y una vez hallado el medio, hay que emplearlo con valentía, sin fijarse en averiguar si es justo ó reprobado.
El arrepentimiento—añadía,—nunca viene con oportunidad. ¡Oh! Qué sábios aquellos consejos que inocentemente he rechazado; pero ya no es tiempo; he perdido tontamente dos años sin ganar nada con la cabecería, y sí perdiendo todo lo que poseo, como ya lo he perdido, á pesar de conservarlo aún en mi poder …