—¡Eureka!—exclamó después de haber meditado largo rato, como si un rayo divino hubiese penetrado en aquella tenebrosa cabeza, donde se habían fraguado toda clase de maléficos planes.
—¡Eureka!—repitió.—¡Magnífica y salvadora idea!
Iré á consultarla con el inteligente ex-gobernadorcillo.
IV
—¡Pobre jóven!—exclamó el viejo ex-gobernadorcillo, al oir el conmovedor relato de Isio y su decidida resolución de procurarse el nombramiento de gobernadorcillo, para salvar su crítica situación.
—¡Pobre jóven sin experiencia!—no pudo menos de repetir, y añadió:
—Pero si es peor el remedio, ¡hombre de Dios!
—De modo que mi situación no se resuelve, si no ahorcándome en un balete ¿(árbol)?—Exclamó Isio.
—Tanto, no; como se ha de ahorcar V., ¡tonto! Sí, tonto y muy tonto sería, si no encontrase otro remedio que la ¡desesperación! Pero no es menos peregrina su idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, cuando este es infinitamente peor que el de cabeza de Barangay. El mejor remedio será resignarse á perder sus bienes, entrar en la cárcel y salir á trabajos públicos; con eso no se desprestigiará, porque es de todos conocida su honradez, al menos hasta ahora; y después ya que es jóven aún, no tardará en recuperar lo perdido. Ea, sea, V. magnánimo, que el cielo nunca desampara á los hombres laboriosos y de buena fé.