—Me parece muy excelente el consejo, y lástima que antes no se me haya ocurrido tan fácil y eficaz remedio; lo seguiré, y adios, muy señor y amigo mio.
Y diciendo esto Isio, saludó á su interlocutor y juntos se dirigieron á la escalera.
Ya abajo el cabeza de Barangay, se le ocurrió una duda y antes de despedirse por última vez, preguntó:
—Pero diga V.: ¿otra vez no me podrán elegir cabeza de barangay, cuando vuelva á reunir modesta fortuna?
Por de pronto el viejo no pudo contestar; se arrugó su frente, y después de un minuto, murmuró:
—Esa es la dificultad: como V. no ha desempeñado durante diez años seguidos el cargo, podrán obligarle á aceptarlo de nuevo.
—¡Otra vez!—exclamó Isio y volvió á subir corriendo.
—¿Diez años seguidos?—repitió el mismo—¿y quién podrá ejercerlo durante ese tiempo, de no tratarse de verdaderos ricos?…¡Eh! amigo, renuncio á practicar sus saludables consejos; antes he de salir gobernadorcillo y con lo que adquiera con ese cargo, tendré con que seguir abonando durante diez años.
—Verdaderamente—contestó el viejo enseñando una silla á su interlocutor—el caso es para desesperar.
Y después de una pausa, añadió: