—Bueno; será V. gobernadorcillo, pero ¿qué espera hombre de Dios, con ese cargo, si no disgustos á montones, humillaciones, desembolsos que no puede hacer, y su ruina completa?
—Pero no me dijo V. que cuando lo desempeñó, ¿ganó mucho dinero?
—Tanto, nó; el no haberme salido mal la broma, representa un triunfo; pero V. no tiene el atrevimiento, astucia y experiencia suficientes para no salirle el tiro por la culata; ni el valor necesario para sufrir ciertas cosas. Acabará V. por morir de disgusto.
—Hombre, no parece sino que V. tiene otro candidato para ese cargo, pues no comprendo aquellos consejos suyos que rechazé, disuadiéndome ahora.
—Amigo, le di aquellos, porque yo veía que usted no podía rechazar la cabecería; pero ahora no debe buscar su propia ruina, estando en sus manos el evitarla.
—Y ¿por qué ese cargo es tan disputado?… Algun dulce ha de encerrar, cuando á él acuden hormigas.
—¿Dulce? ¡veneno con baño de almibar!… pero, en fin, ¡dulce es! ¡Oh! muchísimos piensan coma V., así de los de abajo, por lo cual es disputado; como de los de arriba, por lo que no se modifica este cargo en el sentido de que ha de ser honorífico, si así les place; pero que de ninguna manera debiera ser muy gravoso á los que los desempeñen.
—¿Cómo gravoso?
—Sí, hombre; y lo es en grado superlativo: recuerde, si no, aquellas cabecerías vacantes de que, según hablamos anteriormente, pasaban á cargo del gobernadorcillo; y si una acabó de arruinar á V., cuatro, seis, diez ó más ¿que no le causarán?… ¿Y el sueldo del directorcillo, á quién V. pagará de su bolsillo particular al mes, lo que V. percibirá al año? ¿Y las picardías de él, de las que V. saldrá responsable, pues él no es más que un consultor particular?
—Como yo sé chapurrear el castellano, no necesitaré de directorcillo.