—Es indispensable, hombre, porque V. ignora las fórmulas para extender las primeras diligencias, poner y contestar los oficios, etc., etc.
—Si es verdaderamente indispensable, promoveré expediente para que el gobierno me conceda crédito para asoldar un directorcillo de carácter oficial con responsabilidad de sus consejos.
—Ya vé V. ¡si no es inocente! No, no puede V. ser gobernadorcillo por cándido. Y esa candidez y buena fé extremadas le acarrearán muchos disgustos.
—¡Tu dixisti!
—Dirá V. lo que quiera, capitan; pero me parece que tiene otro candidato.
—Hombre, V. me ofende; y basta eso para que yo contribuya á castigar su increible inocencia. Será V. gobernadorcillo; ahora mismo voy á visitar á mis partidarios, para que todos apoyen calurosamente su candidatura.
—Si, señor mío, á ver si me hace ese señaladísimo favor.
—No es favor, sino agravio; los indígenas, como la clase popular ó menos ilustrada de Europa, merecen bien el dictado de niños grandes: el prurito de figurar, el de elevarse algo del nivel de sus paisanos, cómo les deslumbra, ¡cómo les pierde! En efecto, los pobres se elevan un momento para venir á caer luego al fondo de las cárceles ó al abismo de la desgracia de toda su familia.
—Es V. muy pesimista.