Isio ya no era tímido; los polistas, en vez de trabajar en los caminos y puentes, se ocupaban en levantar una gran casa de tabla para él.
Tenía fama de valiente; había organizado el cuerpo de cuadrilleros militarmente, y con ellos tenía á raya á los malhechores y á los igorrotes, á quienes visitaba con frecuencia en son de guerra.
Ya tenía algún dinero; zanjó, más bien violentamente que otra cosa, sus cuentas con sus antiguos deudores
¡Volaba, volaba el tiempo!
Isio llevaría ocho meses de mando: no ya solamente tenía metidos en cintura á los tulisanes y demás gentuza del monte, sino á la misma turbulenta principalía del pueblo.
—¡Oh! solía gritar á sus enemigos en pleno Tribunal, cuando se ponía furioso—¡¡ustedes cuidado!!; qué no anden tonteando conmigo, pues no hay más ley que mi voluntad, ni más imperio que la fuerza de mis cuadrilleros. No me importa que me ahorquen; después de haber hecho degollar á Vdes.
¡Cá! si su mismo padrino temblaba de miedo, cuando Isio apostrofaba en las juntas á sus enemigos.