Todo le iba bien, cuando recibió una orden del Juzgado, de comparecencia, para responder de los cargos que la principalía amotinada dirigía contra él por abusos.
—¿Qué hacer?—consultó Isio amostazado á su padrino, el viejo ex-gobernadorcillo.
—Pués váyase V. sin miedo, y niegue todos los cargos rotundamente.
—¿Pero si los he cometido á la faz de todo el mundo?
—No importa; muéstrese ahora más valiente que nunca con todos; persiga V. sin tregua á sus enemigos, en fin, dé á conocer que hada teme de ellos, fingiendo que lo hace porque siempre ha de salir con bien de todo, y ya verá si alguien se atreverá á declarar contra Vd.
Y en efecto, Isio, en vez de amansarse con el golpe, con inaudito descaro mandó llamar oficialmente á los que se habían citado como testigos y les amenazó maltratarles de obra, si declaraban contra él.
Al principio, efectivamente los más fieles y decididos testigos no se atrevieron á confesar la verdad contra Isio; pero de tantos que se habían citado no faltaron después, aunque escasos, quienes declararon contra él, y fueron aumentándose al ver que éste no cumplía sus amenazas.
Isio visitó á su consultor el ex-gobernadorcillo, y éste no pudo menos de exclamar:
—¡Hijo mío! por mi parte no encuentro medio de salvarle, es cuestión de suerte; más que eso hice cuando desempeñé el mismo cargo, y sin embargo, logré ahogar las quejas del pueblo contra mí.
—¿Y entonces?—contestó Isio ya muy abrumado.