Tanto la jóven marchita como la flor agostada, inspiran lástima y compasión.

Con el suave beso del aura se aja la flor, como la candidez de una vírgen con el tierno ósculo de su amante.

Para una flor que se marchita y dura muy pocos dias, aún estando en su tallo, necesaria es una saludable sombra, que la preserve de los abrasadores rayos del sol: así las jóvenes reclaman una buena madre, que las aleje del ponzoñoso aliento del libertinaje.

Pero la mujer casada es más delicada aún que la purísima doncella. Si ésta llega á perder su pureza, puede en cierta manera restaurarla con grandes virtudes ó con la santidad del matrimonio; pero la casada que se deja abrasar por adulterinas pasiones, recuperar su perdida honra nunca podrá. A ésto semeja la flor, la cual estando aún en su tallo, si se agosta, puede á veces adquirir su primitiva lozanía, con la benéfica frescura del rocío; mientras tronchada ya, una vez se marchite, irremediablemente se secará.

Una jóven bella y rica, pero vanidosa, es como la dália, hermosa; más su cáliz no encierra balsámico aroma.

En cambio: una mujer modesta, pero simpática, semeja al jazmin, que aunque escaso de galas, es rico en perfumes.

La fragancia, la diversidad de colores y la gentileza de las flores simbolizan la virtud, la riqueza y la hermosura de las mujeres: por consiguiente, si se me preguntara cual es la reina entre la virtuosa, la hacendada y la linda contestaría sin vacilar que lo es la primera, pues sin ir á otro punto, de las flores de Filipinas se reconoce por Soberana la del fragante ilang-ilang, á pesar de la modestia de su forma y la pobreza de su color: hasta el verde que tiene no es propio de las flores, sino de las hojas.

Flor sin aroma, mujer despreciable.

La flor de perfume es estimable y conservada, aún estando ya agostada, como la sampaguita: de esta manera la virtuosa no carece de admiradores, aún pasando la primavera de su vida.

El suavísimo aroma de las flores regala, como la virtud de una mujer encanta.