Pocas son las mujeres de singulares dotes, que no se casen apenas lleguen á la primavera de la vida. Es claro, todo el mundo aspira á coger una brillante flor.

Abundan los adoradores de mujeres hermosas, y muchos de ellos, suelen tener funesto fin: es que las flores más preciosas acostumbran ocultar punzantes espinas, como la rosa de Alejandría.

La mujer inteligente y de vasta instrucción, como Mme. Luisa Michel, Stael, de Lambert, Sta. Teresa de Jesús. Emilia Pardo Bazan, Rosalía de Castro, Fernan Caballero y otras célebres escritoras, se parecen á una flor artificial; tienen una forma mejor que la flor de la Naturaleza; son sus pétalos mas primorosos, su color más vivo y brillante, su aroma, más delicado, y más duradera … su vida eternizada por sus obras.

Tal vez alguno me objete:—¿Y tú conoces sus vidas privadas?

Ciertamente, nó; pero tal es mi admiración al génio, que desde luego, sin fijarme en otras circunstancias, lo coloco más allá de la región de las nubes y con fanatismo ciego lo adoro desde allí.

¿Os agrada, amables lectores, contemplar una preciosa flor, aspirar su embriagadora fragancia y colocarla en vuestro pecho? …

Pués también os daría placer el mirar de hito en hito la peregrina hermosura del ángel de vuestros amores, besar con febril anhelo las rosas de sus mejillas y tenerlas en vuestro amante seno.

¿No es verdad?…

Pero, si tenéis una esposa á quien mucho amáis, ¡deteneos! reprimid los violentos latidos de vuestros corazones y no derrocheis á manos llenas vuestras caricias, que para conservar la lozanía de un clavel, se le hace flotar en un vaso de agua fresca y cristalina y no se le colma de ardientes besos.

Campoamor dice en una de sus Humoradas: