Cualidades generales. Son más laboriosos que los demás filipinos, por lo que un reporter les denomina «gallegos filipinos;» algo indiferentes; pero no tanto que no sientan la muerte de sus próximos deudos, como afirman algunos autores de todos los filipinos en general; lo cierto es que el dolor, la cólera y otras pasiones pasan pronto en ellos, ó tardan en sentirlos. Tampoco es exacto que «los más espantables fenómenos de la naturaleza no logran arrancar al indígena una sola esclamación.» En los temblores, precisamente, gritan mucho. Y si á veces guardan silencio ante los fenómenos terribles, es por miedo y no por indolencia.
Son hospitalarios[1], de dulce carácter y buenos cristianos; pero á veces vicían las creencias religiosas con supersticiones, lo cual no es estraño, si se tiene en cuenta que lo mismo se hace en Europa y otros paises.
Tienen aspiraciones, y hasta ridículas por su altura; pero desesperados de conseguirlas, no lo intentan.
Son tímidos; pero el temor, que los infunden sus superiores, les conduce hasta la temeridad ó heroismo. No faltan, sin embargo, algunos valientes como los generales ilocanos Peding y Lopez, que murieron escribiendo sus nombres en la Historia con brillantes hazañas, sosteniéndose en el campo de la batalla, mientras los españoles se vieron obligados á retirarse por la muchedumbre de los enemigos.
Es también digno de citarse Domingo Pablo, el soldado raso ilocano, que por sus hazañas acaba de ser condecorado con la cruz laureada de San Fernando.
La sensualidad no es tan frecuente y notable en ellos; por lo regular son de buena fé, crédulos y no espléndidos en sus fiestas á diferencia de los tagalos.
Su saludo en las calles, se reduce á estas palabras: ¿A dónde vas? ó ¿De dónde vienes? Esto es entre amigos. Cuando en la calle encuentran los inferiores á sus superiores, se descubren, diciendo:
—Buenos dias señor.
Al pasar delante de algunas personas, no hacen las genuflexiones que los tagalos.