Los kalalonan son robustos y trabajan más que los agricultores tagalos; con faz resignada y sin mostrar cansancio, trabajan con todas sus fuerzas; son laboriosos y no duermen por la mañana á diferencia de algunos albañiles tagalos. Sus instrumentos de labor son el arado, bolo, peine, hacha y azada: plantan camote, cañadulce; y siembran palay, añil, maiz, tabaco y algodón.

Los que viven cerca de los montes, cazan si sus ocupaciones se lo permiten; pero la caza no es abundante.


La mayor parte de los criados vienen del campo; estos son mejores sirvientes que los kailianes, respetuosos y obedientes; pero son muy ignorantes y casi son los únicos que profesan las supersticiones de que hablamos en este libro. En Manila los ilocanos son preferidos á los demás filipinos para sirvientes, cocineros y cocheros.

Los que viven cerca de los rios y playas, se dedican á la pesca y á la navegación. Los del pueblo de Cauayan (Ilocos Sur) se distinguen como sufridos marinos. En los puertos de China se recuerdan hazañas de marineros ilocanos, que han rechazado valerosamente á piratas chinos.


Las mujeres son de simpático aspecto; se visten de saya, por lo regular tegida en Ilocos, con corta cola ó sin ella, segun sean las clases á que pertenezcan. No gastan enaguas, sino en las fiestas; las viejas nunca, como tampoco aretes. Cuando van á la Iglesia, usan los consabidos mantos. Siempre se las vé con rosarios y raras veces con escapularios, á diferencia de las tagalas, que siempre los llevan. Cuando se bañan, unas usan el que llaman dinnuá, que es una especie de tapis, con que se cubren desde el sobaco hasta las rodillas. Y las del campo desnudas. Entre la gente baja cuando van al rio ó trabajan en piso mojado, recojen la saya por delante, y pasándola por entre las piernas, cuelgan la punta de la pretina por detrás, quedando descubiertos los piés hasta parte de los muslos. Esto es por inocencia.

Las mugeres de los principales calzan chinelas aún en sus casas: las de los kailianes solo cuando van á la Iglesia, y lo mismo las campesinas; pero ocurre que suelen colocárselas en la cabeza y solo las usan al entrar.


Gaspar de S. Agustín, sin embargo de vomitar sapos y culebras contra los pobres indígenas, no pudo menos de hacer justicia á las filipinas, y de ellas escribe: «Son dóciles y afables, tienen grande amor á sus maridos y á los que no lo son: Son verdaderamente muy honestas en su trato y conversación, tanto que abominan con horror las palabras torpes; y si la fragil naturaleza apetece las obras, su natural modestia aborrece las palabras. El concepto que yo he hecho es que son muy honradas, y mucho más las casadas; y aunque se cuecen havas, no es á calderadas como en otras partes.»