Y el señor de la casa, imperturbable:

—No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se enterara.


XIII

Las verbenas, excelente pretexto para que los retrógrados del Arte nos cantaran todos los años las gracias de chisperos y majas, han perdido todo carácter popular. El pueblo ya no es nada bullanguero; la misma baja chulería, que nunca debe confundirse con el verdadero pueblo, no está tampoco por exhibirse gratuitamente en romerías y verbenas. El público de estas fiestas, actor y espectador á un tiempo, es el de la última sección de los teatrillos alegres; señoritos todos, que ya es lo único alegre, lo único chulo y lo único castizo que nos va quedando.

Las clases populares ¿quién lo dijera? se han hecho cosmopolitas. Estas fiestas tradicionales no les dicen nada. La aristocracia, como sabe que ya no es querida ni respetada, ni siquiera admirada, por el pueblo, huye de mezclarse con él. Acabaron las pintorescas aventuras de duquesas y toreros. El señorito es el único que alegra estas fiestas tristes, con la artificial alegría de los teatros y de las novelas; alegría de literatura. ¿Alegría espontánea, verdadera alegría?... Esa alegría es para los pueblos fuertes y ricos, de los que sabemos burlarnos también. Esa alegría sólo es posible cuando se ha trabajado mucho y hemos visto justamente recompensado nuestro trabajo... Pero ¡esta pobre alegría nuestra, es como borrachera de olvido!... Tirar los cinco duros que sobran porque no llegan para nada. Ni con ellos se ha de comer mejor, ni se ha de pagar al casero, ni al sastre... ¿Puede hacerse cosa mejor con ellos que gastarlos en olvidar alegremente? Por eso parece que hay tanto dinero de sobra en España, precisamente porque falta para todo. ¿Qué hago yo con un duro? Tomar un décimo de la lotería. ¿Qué hago yo con dos pesetas? Gastármelas en el teatro... Es lo único que se puede comprar con poco dinero: un poco de ilusión y un poco de olvido. Las realidades son muy caras.


Aunque él no lo crea, yo siento una gran admiración por D. Miguel de Unamuno. Aquí donde cada escritor ha decidido no leerse más que á sí propio y, salvo el caso de alguna cooperativa de bombos, nos dedicamos á espantarnos el público los unos á los otros, ya puede significar la atención á lo que otros escriben, tanto como en otras partes significa la admiración. Ya es bastante que nos atiendan, aunque sea, como vulgarmente se dice, para hacernos polvo. Lo triste, lo malo es que, casi siempre, los pulverizadores son los que no se han tomado la molestia de leernos. Váyase por los que admiran con el mismo motivo. Entre esos dos viciosos extremos, ha de labrarse penosamente la reputación del escritor en España. Y, en resumidas cuentas, con ser la envidia gran defecto nacional, como aun es mayor la pereza, todavía es más fácil ser admirado que atendido. Conste, de una vez para siempre, que yo atiendo y admiro á D. Miguel de Unamuno.