Muy doloroso es ver renovarse á cada paso de nuestra historia la negra leyenda de las torturas inquisitoriales. Pero hay que confesar, por muy triste que sea, que no hay leyenda ni calumnia sin fundamento. Cuando se ha pecado mucho, son necesarias muchas y muy seguras pruebas de virtud, hasta llegar á convencer á las gentes de que en verdad hemos mejorado nuestra vida y costumbres.
En realidad, sólo nos alarmamos cuando los de fuera nos llaman la atención sobre estos supuestos actos de crueldad. Pero, en familia, entre nosotros, todos los días celebramos y alentamos estos procedimientos, más frecuentes de lo que parece, en actuaciones procesales, en cárceles, en Juzgados y hasta en Delegaciones. ¿Vale hacernos los ignorantes, si todo ello es á ciencia y aquiescencia de todos? ¿Quién no ha oído celebrar, hasta por personas muy cultas, la oportunidad del empleo de estos procedimientos, sobre todo si de descubrir y castigar un delito que personalmente le perjudicaba era el caso?
Lo que no está bien es que se pretenda culpar á ningún Gobierno, sea conservador ó liberal, ni hacer cuestión política lo que es cuestión de educación nacional. No cabe en cabeza humana que ningún Gobierno español, sobrado advertido ya, ordene, autorice ó consienta semejantes procedimientos; todo lo contrario.
Esa negra leyenda está fundamentada en nuestro carácter. Tan es así, que, siendo España, seguramente, digan lo que quieran historiadores parciales, el pueblo en que menos se ha perseguido y atormentado por ideas políticas y religiosas, es, no obstante, el pueblo en que más se destaca y perdura la triste fama de estas persecuciones y fanatismos.
Y es que, en otros pueblos, eran los altos poderes los que imponían la intolerancia y las crueldades, contra la conciencia de los gobernados. En España, fueron siempre los gobernados los que impusieron á los gobernantes la crueldad y la intolerancia. Por eso en otras partes, aunque más terribles en sus efectos, fueron menos permanentes en sus causas.
La verdad es que el espíritu de cada español está como amurallado, y todo lo que está fuera de su recinto, juzgado como extraño é incomprensible. No simpatizan unos espíritus con otros, porque no se comprenden, y no se comprenden porque se ignoran. En cada uno de nosotros hay un pequeño inquisidor por el poder, grande por la intención.
¿No oímos decir á cada paso, no habremos dicho todos alguna vez:—Yo, al que hace esto, al que hace esto otro, al que piensa de este modo, al que no piensa de esta manera, le mataría?—Mataríamos por todo. La justicia no nos satisface por completo si no tiene algo de venganza. Aplaudimos al que venga una injuria por su mano, tenemos por cobarde al que pide reparación de una ofensa por justicia.
Con las mujeres, pecamos de afectada retórica galantería en el trato superficial y, digámoslo así, poético y literario. En el trato ordinario ¡y tan ordinario! de la vida, somos groseros, brutales, duros. Para los niños no hay pueblo de menos delicadeza. Para los animales, no se diga. Y á todas horas, en la vida familiar, en la vida política, en el teatro, en las plazas de toros, puede observarse esta dureza de nuestro carácter, esta carencia del sentido de la simpatía y de la comprensión.
Ahora mismo, al protestar indignados contra los que vuelven á propalar la leyenda negra, tal vez decimos:—¡Es para matarlos!
Aceptemos en penitencia de nuestros pecados esa leyenda, que ya estaría destruida, si no fuera tan verosímil. Procuremos hacerla imposible, y, para ello, antes de protestar y de indignarnos, hagamos un buen examen de conciencia.