¡Las obras! ¿No hemos visto por ellas al aquilatarse muchas glorias, obscurecerse unas, desaparecer otras? En cambio, estos nombres sin obra, van ganando en estimación cada día y los juicios de la posteridad nada podrán sobre ellos. Por ellos tal vez, á pesar del automóvil y del aeroplano, pensamos alguna vez con tristeza si no habremos nacido demasiado tarde. Por ellos también nos envidiarán en lo venidero. ¿Quién nos quitará, sobre las generaciones futuras, sobre la eternidad del tiempo, la gloria de estos recuerdos, quizás los únicos sin sombra de tristeza en nuestra vida efímera? ¡Oimos á Julián Gayarre, oimos á Adelina Patti, oimos á Sarasate, oimos la voz de oro de Sarah y la admiramos, reina de la actitud y princesa del gesto, como la proclama el poeta: nos conmovió Leonora Dusse, dolorosa del Arte!... Y la gracia de esas divinas voces, que al callarse callarán para siempre, es algo muy nuestro, porque ya otros no volverán á escucharlas, y la emoción que nos causaron será eterna de toda eternidad en lo humano: porque esa emoción es todo lo que queda de su arte, y ¿quien podrá decir en lo futuro, que ese arte no valía la pena de emocionarnos, si su obra es solo un nombre y ese nombre es nuestra emoción eternizada?
¡La buena Prensa! ¡La mala Prensa! Que si la buena no se lee y la mala cuenta por millares sus lectores ... Esto me recuerda algo que ocurría hace años, y creo que sigue ocurriendo, en una capital de provincia, que no he de nombrar, pero que bien pudiera no hallarse muy lejos de donde en la actualidad se discute tan calurosamente la cuestión de la buena y de la mala Prensa. Sucedía que eran allí dos comerciantes del mismo apellido y los dos en géneros comestibles, y de los dos, el uno era excelente persona, muy cristiano, muy buen esposo, muy buen padre, y hasta dicen que pesaba corrido. Era el otro persona de mala reputación y peores costumbres y mal mirado por todos; pero, por cuanto, los géneros que expendía eran siempre de lo más selecto, mientras los del primero eran de calidad muy inferior. Y nadie sabe las confusiones que esto originaba á cada paso. Decían las señoras á sus criadas: ¿De dónde ha traído usted este chocolate tan detestable?—De casa de Fulano.—¿Cuál de ellos? ¿el bueno ó el malo?—El que la señora dice que es tan bueno.—Es que ese es el malo, el bueno es el otro ... ¡nunca acabarás de entenderlo!—Que es lo mismo que les sucede á los lectores con la Prensa; la buena, que es la mala; la mala, que es la buena ... Si los de la buena, que es la mala, procuran mejorar el género, quizás los lectores de la mala, que es la buena, se decidieran á leerla.
FIN DE LA 1.a SERIE
Notas del Transcriptor:
La imagen de portada fue creada por la transcripción, y está en el dominio público.
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.