Todos estamos interesados en sostener el prestigio de una institución que cuenta con muchos fieles. No hagamos vacilar la fe de los creyentes ni perdamos del todo la de los indecisos. ¡Ah! las menudencias, las pequeñeces, parecen nada y son un mundo. Yo conocía una señora muy buena cristiana y muy devota, que de pronto dejó de ir á misa y renunció á toda práctica religiosa. Pero, ¿qué es eso? la preguntaban sus amigos ... Usted, tan buena cristiana ...
—No me digan ustedes; ya no creo en nada; no vuelvo á poner los pies en una iglesia ...
—Pero, ¿ha leído usted algún libro, se ha hecho usted protestante?...
—Nada de eso. Es que el otro día tuve una cuestión con un monaguillo.
En esto, como en todo, ¡cuántas veces se pierde la fe, no por dudar del dogma, ni de verdades fundamentales, sino por haber tenido unas palabras con un monaguillo!
Conviene juzgar con imparcialidad á los toreros, para que el público no pueda dudar de la imparcialidad con que se juzga á los que torean al país.
Se juzgó siempre triste destino el del actor, el cantante y el instrumentista, porque al morir sólo dejan el recuerdo de su arte, sin otro testimonio de su gloria que la opinión de los contemporáneos.
Por algún tiempo, aún son muchos los que pueden decir: Nosotros le hemos oído. Después, son unos pocos, algún anciano, reacio á nuevas admiraciones, que pretende consolarse de lo que el no verá, con lo que ha visto, y hay que oirle decir con fervorosa devoción, como testigo electo de un milagro: ¡Yo le oí, señores, yo le oí! Y ponderar definitivo: ¡No volverá á oirse nada semejante! Después ... ya no queda ninguna voz viva que atestigüe la razón de la gloria; solo queda la crónica escrita para asegurar la inmortalidad.
¿Triste? No; ¡envidiable destino! ¿Puede haber gloria más espiritual que esta que solo deja el destello de un nombre glorioso? Toda la obra es el nombre mismo. Toda su fama esta encerrada en ese nombre, como en urna preciosa, de más segura permanencia que monumento cimentado en obras.