Sucede en esto del veraneo, que los últimos en marcharse son los primeros en regresar. Los que no se han movido de Madrid, los miran con cierto desprecio. Para el caso, tanto da no haber salido como volver antes que la gente «chic». Justamente lo aristocrático del veraneo es la coda, que supone dinero de largo; la estación otoñal en Biarritz, la excursión á París en busca de los últimos figurines y de los primeros estrenos ... Todo lo que no sea volver á Madrid envueltos en pieles, con los baúles llenos de modelos y con noticias de la «première» de Donnay ó de Capús, es degradarse.

¡Y andan algunas personas respetables tan afanadas por ver de animar Madrid con fiestas y bullas! ¿No ven ustedes que la gente pudiente solo viene á Madrid á hacer economías? Su única gracia es tener dinero y se lo dejan por ahí; aquí solo nos traen religiosidad, que cuando se gasta el dinero va también para Roma ... ¡Como que no saben en Barcelona la ganga que tiene Madrid con ser la capital de España!


Nuestro querido amigo y compañero—como escriben en las dedicatorias de sus obras, los autores eminentes que quieren halagar á un autor novel,—Guillermo II, ha tenido un brillante éxito, en el baile de gran espectáculo «Sardanápalo», estrenado en Berlín.

Ningún género teatral, tan propio para ser cultivado por un emperador, como este de los grandes bailables pantomímicos, tan parecidos por la precisión de evoluciones á las maniobras militares. Género, además, en que huelga toda literatura, género sin palabras inútiles, en que todo ha de explicarse por la acción misma; género de todo punto imperialista, en una palabra.

Ahora, si reparamos en que la elección de personaje tan decadente y desfalleciente, como el sibarita Sardanápalo, más parece en los gustos de un Luis de Baviera que en los de un Guillermo de toda Alemania ...

Claro es que un Alejandro Magno, un Aníbal, un Julio César, no se prestan á pasos de bailes. Y ¡quien sabe si Guillermo II no ha puesto en su obra una delicada ironía y una saludable advertencia! ¿No hay en los desfallecimientos del mundo moderno, mucho de sardanapalesco? ¿No es el Imperio Germánico, el gran mantenedor de energías, el gran director de baile, cuya imperiosa voz de mando hace danzar á todos? Pero, ¿quien tendrá razón al final de las humanas danzas que han de terminar todas en una general danza macabra? Solo el hecho de haberse acordado un Guillermo II de un Sardanápalo, para héroe de su obra, nos dice la obsesión interior de muchas cosas que aparentamos aborrecer exteriormente, pero que en el fondo admiramos ... Moralizar, es querer convencernos de que no debemos admirarlas; pero si no las admirásemos no tendríamos por qué moralizar. ¡Arde Sardanápalo en su pira! Moralicemos ... Todos, chicos ó grandes, hemos quemado á fuego lento nuestro Sardanápalo; unos por falta de medios para sostener sus vicios, otros por falta de valor; pero de cuando en cuando Sardanápalo surge; unas veces en una obra de arte, como el poema de Byron; otras, en un baile de gran espectáculo, como el del emperador Guillermo II.


Una de las amenidades del verano para los que no veranean, es leer las revistas de toros y confrontar las versiones de los distintos corresponsales de provincias. En nada se muestra tanto la falibilidad, no ya de los juicios humanos, de los mismos sentidos corporales. Donde uno dice magistral faena, el otro dice: faena desdichada por la torpeza del torero, y el otro: deslucida por las malas condiciones del toro. Donde uno dice: volapié magno; el otro dice: bajonazo ignominioso, y el otro: bajonazo, precedido de siete pinchazos.

Yo no creo que las simpatías personales por este ó el otro diestro, puedan modificar hasta ese punto las apreciaciones. Prefiero atribuirlo, como dije, á error de la vista. De todos modos, debiera evitarse esa disparidad de visiones. El asunto, salvo para las futuras crónicas de las grandes figuras del toreo, no es de gran transcendencia. Pero hay gentes suspicaces que por los pequeños asuntos juzgan de los grandes y no falta quien diga: ¡Ah! la prensa; aquí tienen ustedes, si en estas cosas tan claras, que entran por los ojos de miles de personas, dice cada uno lo que le parece, ¿qué será en otros asuntos? ¡Cualquiera se fía!