«La Africana», bilingüe, del Circo, adquiere algo de ese carácter cómico que hubiera hecho por completo su fortuna. ¡Son tan divertidas las aventuras de Vasco de Gama y sus indios!
De la moral, ya sabemos que gana mucho en la ópera con ser cantada y en italiano; pero del arte, no sabemos que gane gran cosa con la castellanización de la letra; si castellano puede llamarse esa especie de Esperanto en que suele traducirse las óperas.
Aparte lo indiferente del idioma para la mayoría de los cantantes, que en vez de vocalizar, se enfangan con las palabras, sin que sea posible entenderles nunca una sola; yo creo que á la amplitud de líneas dramáticas de la ópera, conviene mejor un idioma extraño, que dejándonos percibir el sentimiento de la acción dramática, aleje de la imaginación toda idea prosaica, con frases y palabras vulgares, desgastadas y pervertidas por el uso corriente.
Por algo la Iglesia católica, gran maestra en psicología de las multitudes, conserva el latín en sus ceremonias litúrgicas. ¿Nos impondría tanto el Miserere, cantado en castellano? Si entendiéramos de la misa la media, ¿no asomaría alguna vez á los más devotos labios, sonrisa irreverente, evocada por alguna palabra de esas, que como suele decirse, nos hace pensar en otra cosa? Bien esta la ópera en italiano; aunque según va siendo moda en los teatros, pronto será una torre de Babel cada ópera, y cada artista cantara en lo que mejor sepa y pueda; uno en italiano, otro en francés, otro en alemán, otro en ruso ... Y para el caso será lo mismo. Yo he oído muchas veces «Marina» en castellano, y si me preguntan ustedes el argumento me vería en un apuro para contárselo. Como decía un buen señor, supongo que será el de todas las óperas; la tiple y el tenor se quieren, el barítono se opone y al bajo le es indiferente.
Con motivo de unas apreciaciones, publicadas en The Times, sobre Madrid y el carácter madrileño, se ha puesto una vez más en evidencia lo inconsistente de esos juicios sintéticos de viajero, en los que rara vez se conoce ó quiere conocerse el favorecido ó desfavorecido, según los casos.
Eso de englobar á todo un pueblo en juicios tan rotundos como estos: el inglés es frío y correcto, el parisiense es afable y espiritual, el español es valiente y caballeroso ... Y llega usted á Londres y lo primero que se encuentra es un buen golpe de curdas de lo más incorrecto, y en París, con un cochero, que no es precisamente un Anatole France, y en España ... encuentra usted de todo, como en todas partes. No hay virtudes, ni vicios, ni gracias, ni desgracias, patrimonio exclusivo de ningún pueblo. Además, cada uno habla de la feria según le va en ella, y si esto es así, aún entre los naturales, ¿qué no será con los extranjeros, cuyo juicio puede estar influído por tantos accidentes? Desde la comodidad del alojamiento y la calidad de los alimentos, hasta las relaciones sociales que haya cultivado por su profesión ó por sus aficiones ¿puede hablar lo mismo de un pueblo el que haya tratado con preferencia á sus clases comerciales, que el que haya tratado á sus artistas ó á sus políticos ó á sus militares?
El periodista inglés se lamenta de que los madrileños nos preocupemos más por los asuntos más ligeros. Aparte de que todo esta en todo y de lo más ligero puede desentrañarse la más profunda filosofía, ¿no se ha preocupado nunca toda Inglaterra por un boxeador ó por un caballo de carreras ó el famoso elefante Jumlo? Y los graves alemanes, tan entusiasmados, del kaiser abajo, con el travieso zapatero que tan graciosamente supo burlarse de respetables autoridades?
El articulista dice también que el madrileño tiene muy buen humor. ¿Buen humor? Aquí donde todo el mundo gruñe y protesta y discute por todo y se dice mil groserías y cada uno lleva dentro un inquisidorcillo que quisiera imponer en todo su modo de pensar y su regla de conducta ... ¿Buen humor en Madrid? Hay poco dinero para eso. Por lo visto el articulista asistió á una junta de accionistas del Banco ó á la tertulia del ministro de la Gobernación.