De este continuo ajetreo, que convierte el veraneo en una especie de toboggan, se lamentan en primer lugar los que no tienen dinero para hacer lo mismo; después, los que sólo van á un sitio con el deseo de cultivar, fomentar y adquirir relaciones, allá para el invierno. Pero sucede que cuando los periódicos le han dicho á usted que en tales aguas ó en tal playa están las duquesas de tal y cual, y las marquesas de esto y de lo otro, y las distinguidas señoras de más acá y de más allá, y el ilustre hombre público y el conocido sportsman, y cuando llega usted con la lengua fuera para ofrecerles sus respetos y alternar con ellos, siquiera en las correspondencias periodísticas, ya todos se han dispersado en alas del taf-taf maldecido. ¡Es para desesperarse!

Se lamentan también las madres de hijas casaderas: el automóvil es todo lo más el amor que pasa, pero rara vez es el marido que queda. Se lamentan los fondistas y hosteleros, aunque estos sin razón, porque ellos bien saben practicar el refrán: «Al ave de paso cañazo». Pero no sólo del libro de caja vive el hombre, y á ellos les agrada contar con una selecta clientela fija que decore el libro de oro de su establecimiento.

La única verdad de estas andanzas es que se ha subido el veraneo, y las modestas familias que esperaban hacer algún papel instalándose por una temporada en las sillas más visibles del bulevar de San Sebastián, tienen que resignarse, como las señoritas que veranean en pueblecillos y bajan á la estación todas las tardes por ver pasar los trenes, á ver pasar también el gran tren de lujo, que no se detiene á saludarlas ni siquiera se fija en ellas. ¡Haga usted sacrificios para esto!

El progreso es cruel. Adelanta mucho ... el que tiene dinero para adelantarse; los demás van quedando cada vez más rezagados y más tristes. Unos van por el mundo en el tren de lujo; los otros son los maquinistas, los fogoneros, los guarda-agujas, los que trabajan para que el tren de unos pocos pueda llevarles con seguridad á sus placeres ... Luego quedan las señoritas del pueblo, que ven pasar con envidia á las elegantes viajeras; la pobre gente de los lugares que ni siquiera concibe adónde puede irse con tanto lujo, y queda, por fin, el perro, ese perro sucio y humilde que se pasea siempre por todas las estaciones por si cae algún resto de las meriendas. Los perros conocen muy bien el corazón humano. Saben que de los trenes de lujo sale siempre una voz femenina que dice: ¡Pobre perro! Voy á echarle este pedazo de jamón y este panecillo.

En los otros trenes nadie se acuerda del perro; y si algún corazón sensible procura socorrerle, no falta quien lo estorbe:—¡Deje usted al perro! Cuando veamos á un pobre le daremos lo que ha sobrado de la merienda.

De ahí la simpatía de los perros por los trenes de lujo y por la gente rica. ¡Quién sabe! Acaso estos pobres perros hambrientos que se alimentan con las sobras de las meriendas, sean una fuerza para contener la revolución social.

XXVI

La ópera del Circo merece todas las simpatías; ponerla «Africana» al precio de la «Cachunda», á más de ponerla en su justo precio, es empresa laudable. ¡Cuando se piensa que Meyerbeer fué juzgado en sus tiempos como un gran revolucionario de la música! Algo así, para los italianistas de entonces como lo que había de ser Wagner años después. El acaudalado israelita hubiera sido un excelente compositor de operetas. ¡Qué deliciosos libros y qué deliciosas partituras las de «Hugonotes», «Africana» y «Roberto el Diablo», tratados en cómico! Por eso Meyerbeer, que tan buena pareja hizo con Scribe, como Puccini, en la actualidad, con Sardou, cuando anduvo más cerca de acertar fué en «La estrella del Norte» y en «Dinorah». ¡Qué tiempos, cuando «Los Hugonotes» eran la ópera capital para nuestro público, pieza de concurso obligada para tenores y tiples dramáticas!