Anuncié que la prohibición de las capeas traería algunos disgustos, como se ha verificado. Es lo que tienen esas leyes de gabinete, tan bien intencionadas como desconocedoras del terreno en que han de cumplirse.
La capea más bárbara no perturbará nunca tanto la vida de un lugar, como esas colisiones entre la Guardia civil y los lugareños, que dejan un rastro de odios y de venganzas para muchas generaciones.
Ya lo dije; no se ha tenido en cuenta que en muchos pueblos, la fiesta es la capea, y suprimida falta el pretexto para ir de los pueblos comarcanos, y falta la alegría y falta el dinero.
Y entre los mozos del pueblo, que por necesidad han de manejar todo el año vacas y toros, y por gusto los torean un día, y los señoritos de la ciudad, que sin aplicación ninguna á sus necesidades, matan pichones estúpidamente ... Dígase quien es más disculpable.
Civilizar por reales órdenes es muy cómodo y muy fácil. Queda prohibido comer patatas. ¿Y qué comemos? dirán los que no tienen otra cosa. Todos los españoles se bañarán diariamente. ¿Y donde no hay agua bastante para beber siquiera?
Los ministros dan leyes desde su gabinete, la «claque» aplaude. ¡Oh, qué ley tan sabia! En el terreno ya es otra cosa, ya es la Guardia civil, ya es el Mauser ... El orden ha quedado restablecido. ¡Que se lo pregunten á los muertos y á sus familias! Es la civilización que pasa. ¡Si hubiera pasado antes en otra forma!
¡Mucha Guardia civil para impedir capeas y ni un mal inspector para copar partidas de monte y otros recreos en esos casinos burgueses y aristocráticos! La ley no puede estar en todas partes.
Además, la capea es cosa de bárbaros, lo otro, de pillos. ¡Aún hay clases!
El automóvil ha matado el veraneo estacionario; ya no se esta en ninguna parte, se va de una parte á otra; del almuerzo al te, del te á la comida, de la comida á la fiesta, y de la fiesta al descanso; ya no son horas, sino kilómetros. La racha ó el tierce á tout, empezados á jugar en San Sebastián, se continúa en Biarritz y quiebra en Luchón. El flirt, iniciado en Cestona, termina en Bigorre, sobre todo para los acompañantes y testigos, que en esto de flirts, de llevar la cestona ó ponerle á uno el bigorre—¡chistes de verano!—no se sale nunca.