Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se detiene en las frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de asistir á los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas restauraciones se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con excelente propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós, con entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha notado siempre el absentismo de la clase más distinguida de nuestra sociedad. Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos ¿qué espectáculo menos peligroso y de mejores garantías que éste?

¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay música pecaminosa y una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden turbar la limpidez lacustre de las almas cándidas?

¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que estorbarían con sus protestas vuestra bulliciosa cháchara?

¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó arrullos de tenor, os aburre?

De cualquier modo, vuestra ausencia de los conciertos no marca un buen punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por el arte nacional. Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero si la decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo. Podéis pagar vuestro abono y regalarlo después á familias modestas que, sin duda, agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo niego; pero yo os hablo en nombre de la distinción, y eso es lo que hacen en otras partes las personas distinguidas cuando se creen en el caso de proteger el arte de su patria: pagan, y cuando el espectáculo les agrada, asisten, y cuando no, regalan su localidad ó se quedan en casa, pero no chinchorrean á empresas y á autores exigiendo obras especiales y cambios de función por no perder un solo día y sacarle el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel, eso es lo chic.

El dinero ya se que no os importa, ni el cartel tampoco debe importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que sobre la taquilla del Circo aparezca todos los jueves de moda el cartel de: «No hay palcos ni sillas», y en la de los conciertos del Real: «Sólo quedan palcos y butacas».


Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración están con el Circo. Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de números más propios de Music-hall que del circo clásico, el de los caballitos, el de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de niños.

¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo es toda el alma de su arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo hay una edad en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la fuerza, á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede sobrevivirles.