V

Las naciones que han convenido en llamarse civilizadas, tienen, como suele decirse, cosas de á cuarto. Apenas en un pueblo de los llamados salvajes se atropella de cualquier modo á un súbdito de alguna de las susodichas naciones, ponen todas el grito en el cielo y el cañonazo en la tierra, y amenazan con meterse todas como Pedro por su casa y el Kaiser por la de todos, para hacer un ejemplar escarmiento en los infelices salvajes, y mientras, en el propio territorio de esas grandes, fuertes y civilizadas naciones, en sus mismísimas y civilizadísimas capitales, campan bandidos de toda especie que asesinan, roban, estafan y atropellan á naturales y á extranjeros; y si cada vez que esto sucede se hablara de intervenciones, no pasaría día sin una conflagración mundial, como ahora se dice.

Y al hablar de bandidos, no lo digo por el Pernales, que España en esto también apenas puede llamarse civilizada, y bandolerismo es éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance; pero léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección especial dedicada á las proezas de apaches, cambrioleurs, souteneurs y demás productos de una civilización admirable. ¿Qué diríamos si aquí sucediera algo parecido, ó qué dirían los franceses si los moros menudearan tanto y con tal desahogo sus atropellos? Fuera del centro de París es más aventurado pasearse á ciertas horas que explorar por el centro de Africa, y mucho más ciertamente que pasear á cualquier hora por cualquier lugar de Marruecos.

De Londres no se diga; asustan las recomendaciones y advertencias que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas son pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras menudencias.

En los Estados Unidos el robo á mano armada, el chantage, el timo en todas sus manifestaciones, han llegado á tan suprema perfección, que ya no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó entre las bellas artes.

Esos piratas modernistas de que nos habla la prensa, que desalojan una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan á un barco especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de la civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.

En cambio, ya verán ustedes correr por toda la prensa europea la leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices moros, ¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?

Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no la haya.

Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al gato.—Si yo no le tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por eso chilla.

Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del rabo, no hace más que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna vez araña. ¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel la han agotado entre todas las naciones civilizadas para su diplomacia.