Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la Prensa, la Semana Santa, para terminar con la corrida de inauguración de temporada, he aquí una semana bien española. Lo picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo sangriento en pintoresca mezcla: toda la lira, mejor dicho, toda la guitarra.
Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla, que es tanto como la bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras actrices, de tan diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas ellas.
D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá por un barandal de la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la Florida,—para sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que con tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un Diccionario.
Con el sainete vuelve el baile español, casi perdido ya, degradado en esos tangos de un orientalismo de Exposición universal; el baile clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero verdadero baile de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que es siempre decente—porque siempre es un pretexto para enseñar,—ni como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos fines, más gimnasia que baile.—En Inglaterra el sport lo tapa todo ó lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español es baile, en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni todo espíritu.
¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres de Lola Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes, el Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!, dicen estos respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces toreábamos!, lo que quieren decir siempre estos recuerdos.
¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque todavía alcancé los tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el teatro del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no me divertí en los toros hasta el advenimiento del Guerra con todos sus modernismos tan censurados.
Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y el Guerra serán tan clásicos como la Nena y Montes, y con qué desdeñoso gesto diré yo á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba ... y como se escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado con el cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del porvenir al paso que vamos.