¡Y qué reclamo para los autores! Como lo será, sin duda, para los vendedores furtivos de esas amenidades galantes, el susurrar al ofrecernos su mercancía: ¡Un librito alegre! ¡De la biblioteca de la Vicenta! ¡El último que me queda!... ¡Qué idea! El reclamo moderno no se detiene por nada. ¿Será esta una nueva pista del crimen? Si estuviéramos en los Estados Unidos, no habría que dudarlo; aquí los crímenes son de una vulgaridad tal, que lo único que puede darles un poco de poesía es el misterio.
Después de un crimen de estos ¿quien no comprende la emoción que deben sentir esas mujeres para quien el amor es un constante juego de azar al encuentro, cuando piensen ante el desconocido de cada día: ¿Será éste el que mató?
¡Oh suprema voluptuosidad que no saboreó el marqués de Sade y que tantas mujeres desgraciadas pueden saborear cada día, para envidia de esas mundanas aburridas que, ansiosas de emociones, se despeñan en un automóvil á 80 kilómetros por hora!
Las conveniencias sociales nos obligan á buscar derivativos confesables á nuestras energías más íntimas. ¡Asusta pensar lo que sería de algunas elegantes automovilistas que conocemos si aplicaran al amor esas velocidades y ese desprecio á los peligros!
Rafael Calvo y Antonio Vico fueron los dos intérpretes brillantes de ese teatro tan nuestro, sin sinuosidades psicológicas, rotundo como un imperativo, todo altivez, todo arrogancias; con impertinencia de bravucón á veces, sombrío acaso, nunca obscuro, en que la imprecación es razonamiento y el rugido llanto. Ese teatro fué tan de Rafael Calvo y de Antonio Vico, que bien puede dudarse si ellos fueron por el ó el fué por ellos.
Hoy es otro teatro; el llamado de ideas, donde se refugian como novedades las ideas ya viejas en el libro y en el pensamiento. Y otras obras de chistes ingeniosos, de chismorreo malicioso; hay quien las dispensa el favor de llamarlas satíricas y hasta quien las considera demoledoras; nos asustamos por poco, quizás porque lo tememos todo.
Los buenos burgueses no quieren que los autores de comedias asustemos á sus mujeres y á sus hijas: es un monopolio que quieren conservarlas.
Yo lo encuentro muy natural; tan cuidadosos como ellos de que sus hijas no oigan algunas de mis comedias, lo sería yo si tuviera hijas de que no oyeran las conversaciones de las suyas. ¡Porque si uno se limitara á copiar lo que oye, sin atenuaciones!
Y no es sólo en las clases altas; no cometeré yo tal injusticia. En la primitiva aldea en que paso algunas temporadas, oí un día de estos á una sencilla zagala que le decía al autor de sus días con la mayor ingenuidad: ¡Pero cuando reventará usted, padre! ¡Para lo que sirve usted en el mundo!