¡Ay, bien dicen que nunca aprecia uno lo que tiene ni sabe lo que pide!
Pedimos una gracia y nos encontramos con una obligación. De este modo no sería extraño que el día en que se votara la ley del divorcio, en vista de que la gente no hacia tampoco gran aprecio de ella, se impusiera también como obligatorio; porque las libertades se conceden para eso, para disfrutarlas, ya que tanto les cuesta á los gobiernos concederlas.
Como todo se andará al paso que vamos, la instrucción obligatoria, el servicio obligatorio, la vacuna obligatoria, el matrimonio y el divorcio obligatorios, el voto obligatorio, prohibida la emigración y el suicidio muy perseguido, no será ningún contrasentido que las futuras revoluciones liberales se hagan al grito de: ¡Abajo la libertad! ¡No más libertades!
El actual verano se presenta en Madrid como los más clásicos de feliz memoria; mucho calor, crimen misterioso, y para que no le faltará su poquito de epidemia, hemos padecido una de oratoria, más alarmante por haber sido los casos más fulminantes justamente entre los encargados de inocularnos el virus preservativo de la enfermedad.
Se conoce que por ahora su sistema de curación es la homeopatía; no por las pequeñas dosis, sino por lo de similia, etc., el mismo que ya recomendó Cervantes en su entremés de Los dos habladores.
Como era de esperar, en el concurso de gorros solidarios: frigio, barretina y boina, ha sobresalido la última; de modo que ya sabemos por dónde viene esa España viva dispuesta á luchar con la España muerta. Con eso y con dividirnos, subdividirnos y desmenuzarnos en castas, cada una con sus fueros particulares, según su aplicación y comportamiento, pero siempre bajo la hegemonía de Atenas, ya estamos arreglados para ir tirando otros cuántos siglos por esos andurriales de la historia.
¡Buenos están los tiempos para jugar á los estaditos! En Alemania—que es hoy por hoy la verdadera portería—darán razón; y en la Haya, las mejores referencias.
Muy del tiempo y de los tiempos también, ese juez que entrega al fuego purificador la biblioteca de Vicenta Verdier. Todo cuestión de forma literaria; porque si esos libros los hubieran firmado Bourget, D’Annunzio, Willy y Felipe Trigo, á estas horas la Vicenta figuraría en el libro de oro de nuestros intelectuales.