—No, no las he leído. ¿Y vos, monseñor?


Los que conocemos al doctor Simarro, nunca pudimos imaginar que no fuera el amado maestro de sus discípulos. Con su cara de amable filósofo griego, con su indulgente escepticismo, sólo podemos creer que esa severidad de examinador, que tanto ha soliviantado á sus alumnos, es sólo bondadosa y fraternal solicitud, mal comprendida por ellos.

Creedlo, jóvenes estudiantes; cuando no se ama la ciencia con toda verdad y todo desinterés; cuando solo se busca en la indulgencia de un profesor el portillo de escape para llegar más pronto á la declaración oficial de sabiduría, el maestro, y mucho más si lo es de Fisiología psicológica, tiene el deber, no sólo de juzgar por vuestra suficiencia en el examen, sino hasta por la expresión de vuestra fisonomía, que no habéis elegido el mejor camino, aunque solo pretendáis de la ciencia un modo de vivir; pero la Ciencia, como el Arte, sólo dan de vivir al que les dió toda su vida; hay otras profesiones honrosas y lucrativas en que la impaciencia por llegar pronto esta justificada.

Los sacerdocios exigen verdadera vocación y la verdadera vocación no es nunca impaciente.

Muchas veces, por la voz del maestro que nos detiene con un suspenso en lo mejor de una carrera, habla la voz del destino que nos llama por nuestra verdadera senda. ¡Hay tantos caminos en la vida! Pero la Ciencia, que es la verdad, sólo tiene uno: ella misma.


Cada día es una nueva conquista de la libertad; esta del voto obligatorio es una de las más preciosas. Cuando vivíamos en la creencia de que ese voto era un derecho que la ley nos concedía graciosamente, ahora resulta que es un deber ineludible, un deber del que no nos habían hablado ni el Catecismo ni la Etica. Verdad es que cuando se escribió el Catecismo y cuando nosotros estudiamos la Etica, era la ley la que impedía á la mayoría de los ciudadanos el cumplimiento de ese deber, al que ahora cree que ninguno debe faltar.

Hasta ahora lo mejor de ese derecho, como de casi todos los derechos, era la facultad de no usarlo; aparte que si es bueno que todo ciudadano intervenga en la gobernación del Estado, el abstenerse de votar era en política, como el sueño en cuestiones literarias, una opinión de tanto peso como cualquiera otra.

Porque veamos qué hace con su voto un ciudadano con ideas propias y particulares. ¿Votar una de esas candidaturas impresas, de candidatos encasillados, desconocidos para el, ó demasiado conocidos? ¿Manuscribir una candidatura de su gusto, con personas de su particular confianza y aprecio? ¿Y qué adelantará con votarla el solo? Porque, supuesto que haya otros ciudadanos que tampoco estén conformes con los papelitos impresos, menos han de estarlo con el manuscrito por cualquier buen ciudadano con los nombres de amigos muy apreciables para el, pero no tan apreciables para su vecino.