—¿Pero no esta usted de acuerdo conmigo?

—¡Ya lo creo! Yo tampoco me he preocupado nunca por los adjetivos. Y sobre todo, ya sabe usted lo que dice el Génesis: En principio era el Verbo ... El adjetivo fué después del Paraíso perdido ... ¡Y cuántas, cuántas veces puede perderse el estado de inocencia del Paraíso por querer saber del bien y del mal de un adjetivo!

XI

Cuando Enrique III de Francia se vió venir amenazadora aquella famosa liga dirigida por el duque de Guisa, como no era el un rey para asustarse por liga más ó menos, se acordó del florentino que llevaba dentro (¡tal madre tuvo!) y dió con una idea maquiavélica: proclamarse el mismo como jefe supremo de la liga, que fué como decir á los que en ella entraban: todo lo que vosotros queréis soy yo el primero en quererlo, no hay por qué molestar.

No me atrevería yo á comparar á D. Antonio Maura con Enrique III, aunque en su corte, como en la del último Valois, figuren muy gentiles mignons; pero el también, como Enrique III, se ha visto venir esta nueva liga de la solidaridad como un peligro más ó menos temible, y ha querido salirle al encuentro con su proyecto de Administración local; con el pensaba poco menos que parecer como el primer solidario.

Naturalmente, como la historia es de una gran monotonía, tanto ha convencido á los solidarios el proyecto como á los partidarios del duque de Guisa la jefatura de Enrique III.

Hasta aquí la semejanza, y esperemos que de aquí no pase, porque los sucesos que siguieron en la historia de Francia fueron muy trágicos. Pero los tiempos no están para tragedias—como deplora D. Valentín Gómez en su discurso de recepción en la Academia.—La vida, como el arte, sólo recogen de la historia las pequeñas comedias. La política moderna, como el teatro moderno, da poco en qué pensar y mucho de qué reir.

Este proyecto de Administración local, ni una cosa ni otra; es de esas obras en que el aburrimiento no deja fuerzas para el pateo, en opinión de los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo, tan pocos que, seguramente á su propio autor podría decírsele sin paradoja, lo que una dama de la corte de Luis XV contestó á un obispo que le preguntaba si no había leído sus últimas pastorales.