Lo cierto es que la gente de dinero es la que arriesga la vida con mayor facilidad y por puro capricho.
¿Es aburrimiento de todo lo que el dinero puede proporcionar, lo que les lleva á buscar emociones en peligros contra los que nada puede el dinero? ¿Es la confianza que da el haber triunfado de todo en la vida por el dinero, la que acaso les hace considerarse inmunes á todo peligro? ¿Ó es, como dice una amiga mía, que el dinero por sí solo es seco como un sustantivo y los que lo poseen buscan á toda costa un adjetivo que lo califique y lo decore?
¡La conquista del adjetivo! No basta tener dinero, hay que llamarse distinguido, intrépido, inteligente; cuando no se puede otra cosa, sportsman. No saben que una vez encasillados en un adjetivo, no hay mayor esclavitud que la de sostenerlo y justificarlo.
—¿Usted sabe, me dice esta amiga mía, la venganza que tomó un cronista de salones de una señora muy distinguida, que en cierta ocasión le hizo un pequeño desaire? Muy sencillo. En una de sus crónicas de sociedad escribió:
«La elegantísima señora de——, que cada vez que se presenta en sociedad luce una nueva toilette ...» Bastó con esto; la elegante señora, que como cada hija de vecino, tenía sus cuatro ó cinco trajes de luces para todas las soirées de una temporada, se creyó desde entonces comprometida á sostener su reputación, y á fuerza de exhibir toilettes, se arruinó en un par de años bonitamente. ¿Qué le parece á usted?
—Que no debe uno preocuparse por adquirir adjetivos ni por sostenerlos.
—Es mi opinión. Por eso verá usted que yo no vivo para la galería; no me verá usted nunca danzar en fiestas de sociedad, ni en funciones benéficas, ni en juntas piadosas ni feministas ... Renuncio á todos los adjetivos.
—¿Se atiene usted al sustantivo?
—Al verbo, amigo mío, al verbo, que es el fundamento de la oración y de la vida ... ¡Vivir, poseer, querer ... gozar ...!
—¡Basta, basta amiga mía! Temo que va usted á traspasar los límites del Diccionario en un rapto lírico.