Como hay autores cómicos que no empiezan á escribir una obra hasta tener apuntado el suficiente número de chistes con que amenizarla, hay señoras que hasta no contar con buen número de toilettes no empiezan á planear su viaje; de otro modo, tampoco tendría chiste. Después, según la ropa, se piensa en un sitio ó en otro.

Yo se de un padre de familia que este año ha decidido dar la vuelta al mundo con su mujer y sus hijas, según dice, por economía.

—¡Pero, hombre!—le argumentan los amigos.—¿Por economía? Si le costará á usted un dineral el viaje.

—No lo crean ustedes. Como estaremos poco tiempo en cada sitio y sólo vamos de touristas, mi mujer y mis hijas se contentan con llevar el preciso equipaje. Y no saben ustedes lo que esto significa. Un verano me las lleve á Cercedilla con la idea de hacer economías, y como la misma gente se reune catorce veces al día, y porque no creyeran que estábamos allí por economizar ... ¡Aquello era una representación de Frégoli diaria! En fin, tanto cambiaban de vestidos y tan de pies á cabeza, que yo no entraba una vez en casa que no me las encontrara en camisa ... ¿Pero por qué os desnudáis tanto? les decía; vais á resfriaros ...

—Si no nos desnudamos, papá; nos vestimos.

¡Respuesta de una gran filosofía! Porque, en efecto, las mujeres no se desnudan nunca, se visten siempre; si alguna vez en su vida puede parecer que sólo se trata de desnudarse, no lo crean ustedes: es por el gusto de vestirse luego ... y vestirse algo mejor, si es posible.


Lo que más siente el público—¡oh buen público, lector de folletines y espectador de melodramas!—cuando no parece el autor de un crimen, no es que éste quedé impune y pueda ser un peligroso ejemplo para animar á más de cuatro indecisos que no han encontrado todavía su senda por el mundo; lo que el público siente, es la desilusión de su curiosidad no satisfecha. Como si un periódico de gran circulación cortara su gran novela de crímenes en lo más interesante, y los fieles lectores quedaran sin saber lo que fué de Emma, después de encerrada en el subterráneo del castillo, ó de la condesa, después de hipnotizada por el barón, para sugerirle la idea de robar el Banco de Londres, ó cualquier otra friolera.

¡Ah! si la conciencia pública se manifestara con sinceridad, cuántas veces en casos de crimen misterioso se votaría con general satisfacción un plebiscito concediendo, no sólo el perdón, sino hasta una pension vitalicia y algunas condecoraciones, al criminal, con la única condición de presentarse á descifrarnos la charada y no dejarnos en la duda de como y porqué fué el crimen.

No faltarían personas distinguidas que le invitaran á sus comidas y soirées para oírselo referir de viva voz. ¡Esta pícara hipocresía social nos priva de los mayores placeres y hasta de algunas buenas obras! Porque, ¿quien sabe si un criminal, por empedernido que fuera, al verse así halagado y considerado por las gentes, no acabaría por ser el hombre más sociable y más adaptado del mundo? Acaso acabaría en filántropo. No sería el primer caso que conocemos, y no de criminales misteriosos precisamente, sino muy notorios, aunque impunes.