¡Los altos designios de la impunidad son tan respetables! ¡Cuántas veces una condena prematura por un crimencito de tres al cuarto, puede privar á la humanidad de un gran bienhechor, á la sociedad de un hombre agradable!
Cuando llegan de algunas provincias tristes lamentaciones por los perdidos fueros y andan esos regionalistas—como ciertas mujeres que culpan siempre de todas sus desgracias al que las perdió, como ellas dicen—maldiciendo todavía del señor rey Don Felipe II ó Don Carlos II ó Don Felipe V—según regiones,—que fueron también la causa de su perdición primera con quitarles sus fueros y privilegios, bueno sería que los madrileños, tan despreocupados de nuestra historia, indagásemos si en algún tiempo tuvimos también algún fuero ó siquiera fuerillo ó ventajilla de que ampararnos ahora ante el nuevo impuesto que nos amenaza, digno de los mejores tiempos feudales.
Nuestro alcalde quiere ejercer con los madrileños algo así como el llamado por los franceses, con más delicadeza de frase que entre nosotros, le droit du seigneur. ¡Y cuánto más seguras que en el antiguo derecho de pernada, serán las primicias de la verdadera flor de azahar, tratándose de que en Madrid trabajemos todos! ¡Cuántos brazos vírgenes de toda faena!
Pero como los madrileños, no en balde gatos, somos de natural rebeldes á imposiciones, tendrá que ver de lo que seremos capaces antes de someternos á esa prestación personal. Los sablistas y pedigüeños ya tienen un motivo oratorio más con qué conmovernos: «¡Dos días sin comer y mañana al tajo; tengan compasión!» No faltarán tampoco funciones teatrales con el objeto de redimir á un padre de familia, del azadón, del pico, y ¡qué se yo! Habrá quien sea capaz ... hasta de trabajar por primera vez en su vida sólo por reunir la cuota necesaria á redimirse del trabajo.
Pero no hay que alarmarse demasiado; si ello llegase á ser ordenanza municipal, ya sabemos á lo que todo quedará reducido: á que los días de elecciones vayan á trabajar al tajo todos los electores de oposición.
Entre la infinidad de compras, precursoras del viaje veraniego, las mujeres no olvidan los libros. En Madrid no hay vagar para la lectura: el periódico, la revista ilustrada, lo que basta para saber lo que pasa por el mundo. Pero en estos días la librería á la moda se anima con el charloteo femenino:—¿Qué novedades hay? ¿Qué novelas pueden leer estas niñas? Algún libro de versos ...
Ya es la gran dama que presume de intelectual y consulta catálogos y elige por sí misma, y en el mismo paquete une á Nietzsche con Bourget, y á Tolstoï con D’Annunzio, sin olvidar algún estudio histórico sobre algún personaje del siglo xviii, con preferencia alguna favorita del Rey Sol ó del Bien Amado. Hay que documentarse, nadie sabe lo que puede ocurrir en este mundo. Ya es la madre de severos principios que lleva de antemano anotados los libros que recomienda ó permite el Padre Dulce, de la Compañía. Ya es la institutriz que elige ante todo los libros de su gusto, muy convencida de que las señoritas no han de leerlos, y para ella todos serán pocos en muchas ocasiones cuando para una institutriz de buen tono no hay libro bastante interesante si ha de absorber su atención por completo ni bastante voluminoso si ha de ocultarla discretamente todo lo que sucede á su alrededor.
Ahora son unas muchachas bullangueras, de esas que quisieran á cada momento, sólo con pasar, exteriorizarse todas, y hablan y ríen, pensando tanto en que las oyen, que apenas piensan lo que dicen. A la rebatiña de palabras unas con otras, no suben á tranvía, ni hacen corro en la calle con amigos, ni entran en tienda sin dar noticia de su nombre, y parentescos, y relaciones, y gustos y disgustos ...