Mi amiga encuentra deliciosas las comedias francesas y admirables los sombreros de Rosario Pino.

¡Ah! una mujer no cuidará nunca bastante su sombrero. El vestido puede engañarnos respecto á la clase y condición social de una mujer, el sombrero no engaña nunca. Desde que las señoras asisten sin sombrero á los teatros, es más difícil distinguir de personas. Nos dirían que tal señora no es la señora sino su cocinera, y lo creeríamos. Con el sombrero no hay equivocación. Mi amiga se atreve á descubrir en cualquier reunión de mujeres, sólo por el sombrero, á una «cocotte» entre cien señoras, y viceversa. (Aunque el orden de factores altera el producto, no altera la habilidad adivinatoria de mi amiga). Y del mismo modo se atreve á clasificar á las idealistas, á las de sentido práctico, á las rebeldes, á las resignadas ... (Esto me hace reparar en el sombrero de mi amiga, que es, en efecto, un ¡viva la anarquía!).

Hablamos de otras cosas; de la temporada del Real que ha terminado. Le preguntó si ha oído cantar á Anselmi, y cuando espero oir un elogio del «bel canto» italiano que hiciera las delicias de Arana como empresario retrospectivo, me deja atónito con un grito del corazón, vibrante como un «sí» de la Barrientos ... ¡Qué hombre tan guapo!

—¿Quién?

—Anselmi.

—Canta con mucho gusto—insinúo, para encauzar la conversación, por respeto al criado que nos sirve.

—¡Guapísimo!—insiste con una valentía irrebatible.

—Dicen que volverán á traérselo á ustedes para el año que viene.

—¿Cree usted que no habrá perdido voz?

—Si dependiera de ustedes, amiga mía. Pero creo que no; esos tenores se cuidan mucho.