—¡Demasiado!—suspira con ingenuidad.

Procuro informarme de sus aficiones musicales; si comprende á Wagner, si prefiere las óperas modernas, si ...

—Mire usted—me interrumpe.—La ópera es lo de menos. Anselmi con el traje de Lohengrín, me haría soportar á Wagner.

—Sí, en efecto. La música entra mucho por los ojos.

Un santo bonito, un rey joven y un artista de buena figura, harán siempre mucho por la Religión, por la Monarquía y por el Arte.

Cambia el tema.

—¿Qué le parece á usted de la «moción» que las solteras de Dublín han elevado á la virreina de Irlanda, lamentándose de que las casadas de por allá se traen un toreo que no deja colocarse en suerte á un soltero?

—Me parece que antes que las solteras, debían haberse querellado los maridos de las acusadas, y no á la virreina precisamente.

—¿Cree usted que aquí sucede algo semejante, y á eso se deba la abundancia de solteras sin acomodo?

—¿Aquí? Aquí debíamos ser las casadas las que nos quejáramos de que el coro de vírgenes no nos deja en paz á los maridos.