Y me refiere unas cuántas historias tan escabrosas, tan escabrosas, que no puede por menos de creerse que son verdaderas.

—Ahí tiene usted asuntos para unas cuántas comedias.

—¿Para sábados blancos? ¿Le parece á usted? ¿No es el día de las solteras?

—¿Usted sabe el origen de los sábados blancos?

—No. Cuéntemelo usted. Con usted siempre se aprende.

—Eso me dice todo el mundo. Verá usted. Es muy verosímil.

Una señora distinguidísima, opulenta belleza á lo Rubens, mamá de dos espirituales «Boticellis», padecía con tanta frecuencia de jaquecas, que apenas asistía á teatros ni á reuniones, y para no privar de asistir á sus hijas, las confiaba á la autoridad de una señora de compañía muy garantizada, á quien tenía muy recomendado que si alguna vez en el teatro, la comedia representada no era de la más absoluta moralidad, se llevara á las niñas inmediatamente. Sucedió que una noche, apenas levantado el telón, la primera actriz anuncio tan resueltamente la decisión de engañar á su marido, que no había duda de que así sucedería, á más tardar, en el segundo acto.

La buena señora creyó lo más conveniente levantarse y salir del teatro con el mayor ruido posible, para marcar bien su desagrado. Las muchachas hubieran querido terminar la noche en cualquier otro espectáculo, pero la señora rabiaba por hacer presente á la mamá su escrupuloso celo, y más que aprisa se las llevo á casa ... en mala hora, porque la mamá, ante tan inesperado retorno, apenas tuvo tiempo de esconder la verdadera antipirina de sus jaquecas, que era un íntimo amigo. Y para que no volviera á suceder tal percance, al día siguiente escribió al director del teatro: Distinguido señor: Como las obras que se representan en su teatro, no siempre son de una moralidad y una sana tendencia que puedan inspirar confianza á una madre celosa de no ofrecer á sus hijas como recreo un espectáculo peligroso, de acuerdo con otras distinguidas amigas en el mismo caso, ruego á usted fije un día de abono en que todas, absolutamente todas las obras, puedan ser vistas por nuestras hijas.

El director, amable, sometió á la censura de las celosas madres la flor de azahar de su repertorio, las celosas madres aprobaron ... Y ese fué el origen de los sábados blancos ... en París. Aquí siguieron por moda.