El planeta taurino no quiere competencias, pero los satélites le vociferan: ¡A ver eso! ¡Que le pisan á usted el terreno! ¡Que se lo comen!... Y el planeta taurino va á la enfermería.
¡Dichosos los planetas que no tienen satélites, así en la tierra como en el cielo!
Mientras se discute el presupuesto de enseñanza y el señor ministro de Instrucción Pública se permite finísimas ironías á propósito de la nueva asociación de cultura, yo evoco una vez más el recuerdo de aquella escuela de aldea que avergonzaría en el último aduar de Marruecos.
Lóbrega, sucia, desmantelada; lo único que allí puede aprenderse—y esto las niñas, que tienen su escuela en el piso alto—es gimnasia, para trepar por una escalera derrumbada, que es, por lo menos, una tentativa de infanticidio en cada peldaño.
Y allí preside, bajo un dosel pingajoso, un Cristo lúgubre, inquisitorial; ese Cristo á quien todos los días crucifica la maldad, la ignorancia y la indiferencia de los hombres, ese Cristo que dijo: Dejad á los niños que se acerquen á mí; y allí parece decir, con más verdadero amor: No, no los dejéis que se acerquen aquí, no los traigáis á esta mazmorra ...
Y recuerdo los versos de indignación, de santa ira, con que el ilustre Guerra-Junqueiro maldijo de las escuelas portuguesas.
¡Y aún se discute y se regatea en el presupuesto de enseñanza! Sí, es verdad, no debe pensarse en pensiones para estudios en el extranjero, en grandes centros de enseñanza superior, mientras exista una, una sola de esas escuelas de pueblo, que darían ganas de llorar si no las dieran de matar ... ¿A quien? ¿Donde puede hallarse el verdadero responsable de ese crimen tan nacional, tan de todos? El único castigo sería el de obligar á muchos á llevar á sus hijos, á otros á ser maestros en ellas, á todos ... ¡Ah! Ese castigo ya se realiza, el de respirar en un ambiente de incultura, de atraso, en que solo viven y prosperan los que saben explotarlo en provecho propio.