Madrid se aburre, sin que su aburrimiento logre interesarse por nada, apenas por la reaparición de Gallito. Y eso que al decir de algunos aficionados, nunca se vió fenómeno igual. ¡Un pase de muleta en dos corridas!
Bien puede estar agradecido el susodicho diestro á la afición madrileña y aún decirle como Marión Delorme al caballero Didier en el drama de Víctor Hugo: Ton amour m’á refait une virginité. ¡Oh afición madrileña, tu que hiciste temblar á Frascuelo, Lagartijo y Guerra, entusiasmándote por un pase! Bien dicen que cuando nada interesa es cuando esta uno en peligro de interesarse por cualquier cosa. Hay cosas que solo el aburrimiento puede explicarlas.
Nada solícita nuestra atención ni nuestro interés. Política, arte, vida de sociedad, todo languidece. Por algo nuestro nuevo alcalde quiere obligarnos á marchar deprisita por esas calles, á ver si con la celeridad de la circulación nos animamos un poquito.
Si la orden se cumple y los habituales plantones de la Puerta del Sol se ven obligados á circular, aquello parecerá un Tío Vivo. Hay allí losas que no mojaron nunca lluvias del cielo ni riegos municipales; resguardadas de todas las inclemencias por el mismo grupo compacto que hizo de ellas pedestal de un momento á la vagancia y al arte de residir en el sitio más céntrico y más caro de Madrid, sin pagar al casero.
Bien muestra el nuevo alcalde su procedencia automovilista, y por las trazas su ideal es ponernos á los madrileños en cuarta velocidad. No será malo, si lo consigue, porque en Madrid, donde moralmente, el que no corre vuela, materialmente no se sabe andar por la calle.
Hay quien á más de ir á paso de procesión, serpentea graciosamente para estorbar el paso al que viene detrás. Hay señor que lleva el bastón ó el paraguas á guisa de pica, y al andar va marcando puyazos á cuántos le preceden. Hay quien juguetea con dichos artefactos, como jongleur de circo, y lo mismo le derriba á uno el sombrero que le salta un ojo. Hay quien se emboza á todo vuelo, envolviendo amorosamente al transeúnte más próximo. Hay quien es capaz de leer un drama á un amigo en la acera más transitada, entre un coche parado y un escaparate llamativo. Hay señoras que reciben á sus relaciones en una esquina y allí se constituyen en sesión permanente.
Y es que en Madrid, cuando se anda, nadie va á ninguna parte; hace tiempo para ir á ella y se sale siempre demasiado temprano para ir á un sitio al que siempre se llega demasiado tarde.
Cosa que también puede suceder al señor Maura en sus concesiones á los solidarios. Salir á buscarlos; perder el tiempo y llegar tarde.
Cuentan del gran Víctor Hugo, que cuando se hallaba en alguna reunión de escritores, valíase de una inocente estratagema para descubrir cuáles de entre ellos abrigaban la ilusión y la esperanza de ser académicos. Para ello, soltaba alguna tremenda irreverencia contra la Academia ó contra algún grupo ó individuo de ella. Los que francamente reían á coro con el, era señal de que estaban limpios de toda ambición. Pero si alguno permanecía serio ó reía para dentro, entonces Víctor Hugo, sonriente, advertía pronto: Fulano no se ha reído. Quiere ser académico. Y así descubrió á más de un futuro candidato.