Es la hora del te. La hora que en los largos anocheceres de invierno sería para las mujeres la hora de los aburrimientos peligrosos, si la moda no hubiera inventado esta costumbre.
En torno á la hervidera de plata, que es con su llama azul temblorosa, como ara encendida en culto á la diosa Frivolidad, es un charlotear incesante, apenas interrumpido por el picoteo en bocadillos y golosinas. De un tema á otro, mariposea la charla femenina con frases que son unas veces, batalla de flores; flores de trapo; otras, como cruzar de floretes en juego de esgrima, todo galantería; alguna vez, aquel alfilerazo que busca y acierta con el defecto de la armadura.
Allí murmuran, como en parte alguna, los mil arroyuelos por donde van las pequeñas historias á formar el mar de la historia grande de una época.
¿Qué es la murmuración sino la historia de un día? ¿Qué es la historia sino la gran murmuración de los siglos?
—¡Como canta el Werther ese hombre! ¿Le habéis oído?
—Pero la ópera es una tontería.
—Hay que oirla más de una vez.
—Eso dicen de todas las tonterías. ¿Será ese el secreto del matrimonio?
—¿Has estado en estos bailes?
—En todos. No te he visto en ninguno.