Distinguidas señoras que preparaban bailes de trajes, minués y otras fantasías propias de Carnaval, han tenido que desistir de sus proyectos por no hallar suficiente personal masculino propicio á la inocente diversión y al insignificante gasto que supone presentarse trasformado por una noche, con propiedad de ópera, en mosquetero, marqués, Luis XIV ó XV, petimetre del XIX, etc.
El sport lo absorbe todo, energías físicas y pecuniarias. El automóvil, el polo, el golph, el tiro, el lawn-tennis, con la apropiada indumentaria y los precisos accesorios, no dejan tiempo, ni dinero, ni fuerzas á la juventud masculina.
Para el ligero flirt que ha de preceder á un matrimonio convenido en familia, tan bueno es el automóvil con sus expediciones, como un salón de baile. Un moderno torneo de polo, mejor que un cotillón con sus figuras grotescas. Dejemos á las cotorronas llorar por las pérdidas costumbres de los pasados tiempos ... Sus hijas no parecen mal avenidas con los alardes de fuerza, agilidad y destreza. Cierto que un valsador infatigable era una garantía; pero en el baile, á la luz artificial de los salones, es más bien fuerza nerviosa la que se gasta, y la fuerza nerviosa es traicionera y puede faltar en el mejor momento, como todo lo que es inspiración.
¡Fuerza, fuerza! Aunque el amor se despoetice. Esta generación no es de novios; pero quien sabe si, por lo mismo, no nos prepara una brillante generación de padres.
D. Prudencio—nuestro Mr. Prudhomme,—ha tenido en estos días ocasión de manifestarse. D. Prudencio abomina de las exageraciones, y en su concepto—D. Prudencio no tiene opiniones, tiene siempre conceptos,—en su concepto, los sucesos de Portugal han sido una lamentable y funesta serie de exageraciones. Exagerado el dictador, exagerados sus enemigos políticos, exagerada, ¿y como no? la prensa, exagerados los regicidas, estos sobre todo. Los únicos que no le han parecido exagerados, son los republicanos de allá, lavándose y aún perfumándose las manos, como Pilatos, abominando del crimen y dejándolo todo para mejor ocasión, y los ingleses enviando á modo de amistosa advertencia, unos cuántos barcos á la vista de Lisboa.
No hay que decir si á D. Prudencio le habrá parecido también exagerada la actitud de esa gente que se ha pasado las horas en acecho y acoso del caído dictador, durante su estancia en Madrid.
D. Prudencio, en cambio, ante estas grandes tragedias de los grandes, siente como nunca el efecto que, según retóricos preceptistas, ha de producir la tragedia en el ánimo del espectador, el de purgar nuestras pasiones. D. Prudencio se purga, de toda ambición en primer término, de toda envidia y de toda codicia. ¡Oh su apacible medianía! ¿Quién quiere ser rey ni dictador después de esto? Y D. Prudencio cree tener asegurada la material inmortalidad solo con sentirse insignificante.
También han sido gloriosos días estos para los exaltados, para quienes todo es síntoma y anuncio precursor de trastornos mundiales, para los que todo lo tenían previsto, porque la historia enseña ...