—¡Calla, calla! Esos trajes tenían un aire señorial que marcaban con solo el modo de llevarlos la diferencia de clases, de educación ... Eran imposibles las falsificaciones ... Pero ¡con estos! El aire «cocotte» predomina. ¡Cualquiera distingue á una señorita de ... las que no lo son! Esos trajes lo nivelan todo.

—No lo creas,—responde la joven, dándose unos golpecitos en las caderas.

—Y ¡eso de haber suprimido la ropa interior, para abultar lo menos posible! Eso ni es decente ni puede ser sano ...

—¿Sientes la nostalgia del refajo, abuelita?...

—¡No cruces las piernas de ese modo! ¡Jesús, Jesús! Pero, ¿no te ves en el espejo?

—No veo nada de particular. Tu me has contado que muchas veces se os levantaba el miriñaque al ir á sentaros y dabais un espectáculo ... El abuelito contaba con mucha gracia que tía Vicenta en un baile de Palacio ... Gracias á que el abuelito era general, hablaba en un grupo cerca con sus ayudantes y muchos oficiales y mando formar el cuadro, mientras se reparaba el desperfecto ...

—No se vió nada. Y, sin embargo, á tu pobre tía le costó una enfermedad. ¡No quiero pensar si con un traje de estos os ocurriera algo en la calle!

—Pues nada, abuelita. Lo que sorprende es lo imprevisto ...

—Pues eso es lo que debiérais tener en cuenta para no aceptar esa moda ... ¡Lo imprevisto! Ese es el secreto de la felicidad y del amor, por lo tanto. ¡Como habéis de inspirar amor si dejáis de inspirar curiosidad!

—Queda el reino espiritual, abuelita ... En ese terreno todavía impera el miriñaque ... No hay vestido tanagra que moldee el corazón como el cuerpo de las mujeres ... Ahora, siquiera, no engañamos en cuestión de forma ...