Asuntos hay en la realidad, y no digamos en la imaginación, en que sin detrimento de la verdad ni de la lógica, puede cualquier autor garantizarse el completo agrado del público. Pero una vez emprendido el camino de quitarle el hipo, no se debe retroceder ni rectificar. A más de esto, es no conocer al público el creer que agradece esas concesiones. El público es como las mujeres, sólo tolera los primeros atrevimientos con la condición de que se llegue á los últimos. Todo menos defraudar.


Cuando como el mejor pretexto para tirar un poco de la cuerda á la mala prensa—toda la de oposición, en el más amplio sentido de la frase,—se aduce el peligro del contagio que la publicidad puede producir en los crímenes del terrorismo, no se compagina el interés en conmemorar uno de esos crímenes con un monumento. ¿Puede darse mayor publicidad? Y de las cuatro caras del monumento, una para la piedad, otra para la execración, otra para la historia ... ¿no quedará una siquiera para la glorificación, cuando frente á el se encaren los de la idea?

Hay cosas que mejor están olvidadas que recordadas de ninguna manera. Ese monumento, como los que recuerdan discordias civiles y luchas domésticas, no puede servir de ejemplo ni de enseñanza.

¿Qué se pretende con ese inoportuno monumento? ¿Un alarde de monarquismo? Ahí esta el monumento á Alfonso XII esperando el óbolo de los más leales monárquicos. ¿Un alarde de piedad religiosa? Sufragios tiene la Iglesia que aplicar por las víctimas, sin olvidar al culpable, que para algo somos cristianos. Todo, menos ese monumento antipático, odioso, recuerdo perenne de algo que esta mejor no recordado.


Todos los años al empezar la temporada taurina leemos las mismas lamentaciones de los profesionales escritores taurinos:—¿Como? La empresa se olvida del buen torero fulano, un torero serio, un torero muy apañadito: es imperdonable que la empresa no de un lugar en el cartel de abono al simpático diestro mengano, que tan desgraciado ha estado siempre en esta plaza, pero á quien los verdaderos aficionados verían con gusto por su toreo serio ...—Esto de la seriedad es muy apreciado en el toreo.

Sucede que la empresa suele conmoverse y atender los clamores de la opinión, y sucede que la tarde en que anuncia á esos diestros, la entrada no da ni para pagar las mulillas; sucede que el escaso público se aburre, y sucede que los mismos que clamaban por que la empresa diera un lugar en el cartel al torero serio y al torero apañadito, salen renegando de ellos y de la empresa que los contrato. Es que en el toreo como en la política hay quien sostiene la reputación á fuerza de fracasos. Por algo son los dos espectáculos más nacionales. La cuestión esta en fracasar seriamente. Y en esto de la seriedad el Quinito y Maura son insustituibles.


A Fígaro, como á Espronceda le ha llegado su hora de gloria. Si es cierto, como asegura un amigo mío, que cuando á un escritor le llega esa hora es señal de que ya no lo lee nadie, no hay por qué celebrar el tardío recuerdo, muy prematuro, si cuando más se recuerda al hombre más olvidadas están las obras.