No faltará el recuerdo triste para nosotros; la reproducción del Revenge, el barco que mandaba lord Ricardo Granville en el combate contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en que nuestro mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.

Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por una empresa particular y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas fiestas que dispone Inglaterra para el año diez y seis.

Lo mismito que aquí, ¿no es verdad, amigo Cávia? Aquí ya hemos convertido la conmemoración de Cervantes en algo religioso, en declarar dogma católico y conservador la Invención del escondido retrato; Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.

Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados del retrato por esos mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado, como Don Quijote de sus aventuras y andanzas!


En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye, aunque mucho se oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez fundamental lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos más perdida alguna primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción, un recuerdo, una sacudida cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y reaparece en nosotros lo que más enterrado parecía.

Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de ciencias filosóficas y naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto: el Catecismo.

Sólo así se explica cómo después de haber leído á Mæterlink y á Ibsen, nos interesamos en el teatro con pueril interés, con emoción plebeya, por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de haber leído á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el cuento de niños.

Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que durarán cuanto dure la Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones cada generación celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con ser tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos años y mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida, siempre existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una emoción de su mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra madre, el corazón del hombre se abre en grietas, simas, para decirnos, una, la historia, de sus edades geológicas; el otro, la de sus edades espirituales.