He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y muchos viejos estábamos encantados una de estas noches con los juegos de prestidigitación y de ilusionismo del caballero Watry.

Este es un espectáculo en que se ha progresado muy poco. Quizá en eso está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican. Preferimos á los modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y cámaras oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al conde Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo y siempre nuevo, como todo lo que tiene raíces profundas en lo más profundo de la Humanidad.

¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad que valga tanto como acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento de ilusión que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se cree niño al recordarlo?


V

Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la misma madera». Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los pintores recusar el juicio de los literatos.

Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean los pintores que nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de cuadros. Grave pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de los pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de explicar sus cuadros al público?

Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el impresionismo francés? ¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos prerrafaelistas de Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse lo que el conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se encargan de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos tuvieran que entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y también muchos de los antiguos.

Uno de los experimentos más interesantes es el de acompañar en su visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura, á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las convicciones más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos ojos vulgares! ¿No veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos la objetividad de la belleza en los cuadros, en vez de ir saturados de subjetivismos de escritores y críticos? ¡Cuántas obras de arte no deben su gloria á su propia hermosura, sino á la hermosa página que inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es la Venus de Milo la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias escritas en su honor?