La cultura es la buena educación del entendimiento, mas por lo mismo que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.

Hay buenas formas, indispensables para frecuentar el mundo artístico, como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que pensamos y lo que sentimos!

Pero, como dice en la comedia de Pailleron Le monde oú l'on s'ennuie, en castellano, Las tres jaquecas, el subprefecto republicano á la duquesa monárquica, que le propone hablar mal del Gobierno: «¡Ah, duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á usted con mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á serlo!

Por esto, los reyes y los grandes señores, obligados á fingimientos de cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y chocarreros, que, con achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma razón, todavía, en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas cuantas personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores de la casa; en realidad, con gran regocijo, porque son las cuatro frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no se lo estorbara.

Y hay que convenir en que si la sinceridad y la mala educación á todas horas serían intolerables, son muy convenientes alguna vez, como ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos. ¡Tan cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!

Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables para determinar una corriente de aire puro.

Ahora, que á las personas de buen talante ni les gusta acocear ni ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa hacerlo con oportunidad.

Un empresario de mucho entendimiento decía que todo empresario necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse con él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo, es muy conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno, bien educado, para tratar con él; otro, mal educado, para que trate á los demás amigos. Y ¡si fuera posible reunir en uno solo al que supiera decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades desagradables á los demás!

Pero esta suerte es patrimonio de los grandes personajes políticos. Por lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado, somos sus primeras víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á todo el mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.