La huelga carbonera de Inglaterra, de interés mundial, como ahora se dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la cuestión de Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos, es imposible.

Los temas de conversación preferentes son: la crisis probable, el nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta vienesa, las tres peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de sociedad y de bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en las casas en donde hay que comer.

Y bien mirado, ¿no es admirable esta despreocupación nuestra? Los destinos futuros de la Humanidad ¡son tan inciertos! ¡Todo el poderío, toda la riqueza del Imperio británico á merced de una huelga proletaria!

¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de guerra y hombres de Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras estatuas imperioso, dominador!

Ya son los brazos cruzados del obrero, del trabajador, del miserable, los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.

Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción? ¿Qué puede el pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre el Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí solo.

Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza, y hasta realizarse, nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa, podemos ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por lo que nosotros nos tendrá sin cuidado.