Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros del Titanic, navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de haberle vencido. En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber pagado muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas, bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada. ¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con toda su fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como un símbolo de un Estado social capitalista, defendido por cañones y escuadras pagados á buen precio, como el pasaje en el transatlántico de lujo.
Algunos de aquellos millonarios, grandes industriales, hombres de negocios, quizás buscaban en viaje de recreo descanso á sus preocupaciones, al malestar causado por una huelga obrera en sus fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les parecían de mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar un reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el vengador?
Vencieron la huelga de los hambrientos y no contaban con el hambre vengativa del mar.
Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios religiosos. Pero hay una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta imprevista nivelación ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de justicia que resplandece sobre la tierra.
Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su muerte ponen inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio de los miserables.
¡También los grandes transatlánticos pueden hundirse en un momento!
Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras, donde van á ganarse la vida pescadores y marineros de ventura, ya puede haber algo de simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios! Más grande y más fuerte que la tierra, ni siquiera el dinero.
Y el mar no cuenta sus historias con ruinas, epitafios ni monumentos, como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á cada paso: «Aquí fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la Acrópolis de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni vestigios de ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos dice: ¡Eternidad!
Por eso en él se templan las almas mejor que en la tierra. Unos pobres músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que tal vez en el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y fué su pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en que acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que animó el danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía de recreo.