A predicarles, como San Francisco de Asís ó San Antonio de Padua, no he llegado. Pero versos de Rubén Darío, de Gabriel D'Annunzio y de Guerra Junqueiro sí han podido oirme recitar en mis soledades, á las horas de siesta canicular, en que todo se amodorra, como en la cantada por Zorrilla. Todo, menos los pájaros y yo, bien hallados á la sombra de un huerto, oasis en dorada llanura castellana.

Su piar y los versos por mí recitados son como escala de armonía infinita, ascendente, que va del abecedario, balbucido por labios infantiles, al libro todo sabiduría.

Por todo esto amo á los pájaros, sin pararme á considerar si son útiles para la agricultura.

Mis poetas tampoco le serán de gran utilidad.

Pero yo no quisiera creer que los pájaros cantores y yo, recitador de poetas, somos como un insulto á los campos de trabajo y de pena que nos rodean.

Tampoco debemos creer, como algunos pájaros y muchos poetas, que todo aquello no es más de apropiada decoración para nuestra escena poética.

Como el piar de los pájaros es preludio balbuciente de tanta música y tanta poesía, mi recitar de versos en el silencio de los campos abrasados acaso es también preludio de cosechas futuras. Los poetas no pueden haber sembrado en vano. Entre tanto, sería injusto preguntarles como á los pájaros: si son útiles para la agricultura.


Los niños son muchas veces víctimas de la vanidad de los padres. Los perros, de la vanidad de sus amos.