¿A qué otro sentimiento responde, en el primer caso, los concursos de belleza infantil, los disfraces de Carnaval, la exhibición de habilidades en los niños; en el segundo caso, las Exposiciones de perros? Los pobres animales, encerrados en jaulas mal acondicionadas, rodeados de personas extrañas, padecen, inocentes, el mal del siglo: el exhibicionismo. Cuando ya no tenemos más que exhibir, exhibimos al perro.
El perro, animal simbólico de la fidelidad, atributo de tumbas conyugales en otros tiempos, simboliza en estas Exposiciones la exhibición íntima de los hogares. Ya sabían ustedes cómo éramos todos en casa: la señora, las niñas, los criados; ahí va el perro. Que no se quede sin su fotografía.
El trabajo de los futuros historiadores no será, ciertamente, el de juntar documentos, sino el de aportarlos. ¡Bien documentada va la posteridad!
Ni siquiera tienen estas Exposiciones de perros la justificación de contribuir á la mejora ó propagación de las razas mejores. Sabido que no hay nadie tan egoísta como un poseedor de ejemplares de precio.
Es más difícil obtener la mano izquierda de uno de estos perritos de lujo que la derecha de una linajuda y bien dotada heredera.
Ahora que ha vuelto á reconstituirse la Sociedad Protectora de Animales, bajo la presidencia de una inteligente dama, debiera oponerse á estas Exposiciones tan opuestas al verdadero amor por los animales.
En algunas partes las Sociedades protectoras han llegado á oponerse al sostenimiento de las casas de fieras y jardines zoológicos.
Tratándose de animales feroces y salvajes, sin cesar perseguidos, yo no sé, ignorante de su concepto y su aprecio de la libertad, si ellos no pudieran preferir la cómoda y descansada vida de estos jardines y menageries á la azarosa vida de las selvas y de los desiertos.
Tratándose de animales domésticos, no hay duda. La protesta de las Sociedades protectoras estaría más justificada.
El jardín zoológico puede ser civilizador para las fieras. Todas las razas salvajes se han civilizado en jaulas, más ó menos holgadas.