Por aquí no menudea ese género de exhibiciones. Sólo hemos tenido una de aschantis y otra de esquimales, en los malogrados Jardines del Buen Retiro. Para prueba no es mucho. La mujer meridional, contra la vulgar opinión, es mucho menos acometedora en amor que las mujeres del Norte. Pero, en fin, celebremos que las exhibiciones no hayan sido muchas y que los aschantis y los esquimales fueran, unos, demasiado negros, y otros, demasiado descoloridos.
Las inglesas, por su parte, también se han significado bastante en estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro está: con pretextos de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido siempre maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses tienen una religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su conducto no es nunca consecuencia de una religión ó de una filosofía, sino lo contrario; la religión ó la filosofía, consecuencia de su conducta. La conciencia procede del acto; como en todos los pueblos y en todos los hombres fuertes.
Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en tierra de filosofías para todos los gustos, no se andan por las ramas filosóficas y se descaran buenamente en este sistema de colonización pacífica y casera.
La mujer tiende siempre á restaurar más que á revolucionar. Esta manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es, quizás, un argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas humanas. Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y en todas las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que no haya duda en la clasificación: las limpias y... las puercas.
De todas las intolerancias, la más intolerable es la pretensión de un monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.
Por esta pretensión se ha planteado un desagradable conflicto en el benéfico Instituto del doctor Rubio.
La Junta de señoras pretendía sustituir á las enfermeras laicas por hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la voluntad del doctor Rubio se oponían á esta sustitución. No obstante, con mayor espíritu de tolerancia, no se oponían á que alternara un número determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado número de enfermeras en la asistencia de los enfermos.
Las señoras intransigentes no admitieron este modus vivendi. Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa protección al benéfico Instituto.
No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á respetar, á admirar á las hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento la figura de una de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero yo sé que bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como aquella hermana.