En esta guerra de los Balkanes se ha dado el mismo edificante espectáculo que solían dar en otros tiempos algunos príncipes cristianos aliándose con el Gran Turco por enemistad con otros príncipes cristianos. Mal disimuladas, por el buen parecer, las simpatías de la culta y cristiana Europa estaban, en esta guerra, del lado turco. No quiero pensar mal; pero sospecho que hasta oraciones, en templos muy católicos, se han elevado al cielo en favor de las armas mahometanas.
Los turcos tenían su deuda muy bien repartida. Los otros desgraciados, por no tener, no tenían ni acreedores. ¿Qué interés podían inspirar á nadie?
Todavía, después de las victorias conseguidas, han de esperar á que las grandes potencias las den por buenas; porque los turcos habrán perdido muchas batallas, pero ¡pensar que Europa va á perder su dinero!
Como que no hay quien mire por uno como los acreedores. Por patriotismo, debiera procurar el Gobierno español, al levantar el anunciado empréstito de 300 millones, que se cubriera en el extranjero; de ese modo, tal vez en situaciones apuradas contaríamos con la simpatía y el interés de otras naciones fuertes; interés y simpatía que nos faltaron en momentos muy críticos, quizás porque no estábamos bastante entrampados con el extranjero.
Todo el arte de la guerra moderna está en enzarzarse, no con quien pueda menos que nosotros, sino con quien deba menos.
Tan vulgar tópico era el de la alegría española que, por extremosa reacción, han sido muchos los escritores á rectificarle con la contraria afirmación de nuestra tristeza. Yo no sé si seremos alegres; pero tristes, de ningún modo. El pueblo español no es un pueblo triste; es un pueblo duro, que no es lo mismo.
De que no somos tristes es buena prueba nuestro modo de celebrar la conmemoración de los difuntos. ¿Puede darse menos emoción, menos recogimiento espiritual, menos ternura, en una palabra?
La gente pasea por los cementerios como por un jardín; ríe y bromea y comenta con chistes los epitafios. Esto no puede llamarse alegría, ni siquiera desprecio á la muerte, por fe religiosa ó por elevado estoicismo filosófico; esto es, sencillamente, dureza; esa dureza agresiva que está en la entraña de la vida española. En el hogar, en la vida pública, en el Arte. Por eso hemos sido siempre tan retóricos; por eso tenemos tantas fórmulas de cortesía y de cumplimientos. ¡Nuestra naturalidad es tan áspera!
La fiesta de los muertos debiera serlo de gratitud para los muertos gloriosos, para los buenos muertos... Y el amor acude á las sepulturas en el primer año, la vanidad hasta cinco; mas la verdadera piedad del recuerdo no tiene flores para los poetas, ni para los héroes, ni para los humildes... ¡Allá nos esperen por muchos años!, dicen los que viven á gusto. ¡Están muy ricamente!, dicen los que viven desesperados. Y así, entre el egoísmo satisfecho de los unos y el egoísmo desesperado de los otros, los vivos van á la muerte, los muertos al olvido, y la vida española es muy alegre, si alegría es que nada importe, y muy triste, si tristeza es no amar la vida, en verdad, ni alegre ni triste; dura como el odio: la única pasión sin risas y sin lágrimas.